Costa Rica: dormir entre volcanes y nadar con estrellas submarinas
A los pies del avión se extiende un manto verde que se exhibe orgulloso, cual templo sagrado de naturaleza y diversidad. Las palmeras, los helechos y su infinita flora conforman una selva que alberga una vida interior apabullante. La tierra del guanacaste, los patacones y el gallopinto recibe a los visitantes con su famosa «pura vida», dispuesta a desplegarse en cada uno de los rincones de este pedacito de tierra (tiene 51.180 kilómetros cuadrados) custodiado por el Atlántico y el Pacífico. Iniciamos así una ruta por la casa de los ticos (como coloquialmente se les llama a los costarricenses), para sumergirnos en el corazón de su cultura, sus tradiciones y sus paisajes de ensueño: un viaje transformador que conecta con sus riquezas naturales y con esa paz que solo otorga la unión con la tierra, sin dejar de lado ciertas dosis de adrenalina, eso sí.
Nuestra inmersión costarricense comienza a dos horas de San José, en un escenario mágico coronado por el volcán Irazú, el más alto del país. A 3.432 metros sobre el nivel del mar, cuenta con un largo historial de erupciones. Si son osados, suban hasta Zapadores, el punto más elevado del macizo, y miren a ambos lados: tendrán a sus pies las costas del Caribe y del Pacífico. Desde esta altitud podrán disfrutar de unas vistas maravillosas (aunque los pulmones notarán la falta de oxígeno) de los cráteres Playa Hermosa, Principal y Diego de la Haya.
Anillo de fuego
Como parte del Anillo de Fuego del Pacífico, la actividad volcánica de Costa Rica es constante. De hecho, se han identificado formaciones volcánicas de más de 65 millones de años y hoy cerca de la mitad presentan algún grado de actividad. El Irazú, nos cuentan, ha desatado su furia en al menos tres ocasiones desde principios del siglo XVIII. La última gran erupción comenzó en 1963 y se prolongó hasta 1965, cubriendo de ceniza (pues no expulsa lava) gran parte del territorio y su capital.
Una actual exposición del Teatro Nacional de San José reúne fotografías de cómo la ciudad quedó teñida de gris justo el año en que el entonces presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy, realizó una visita oficial al país. El coloso, como llaman al Irazú, continúa gestando en su interior una marea de magma.
Descendemos por su ladera para conocer otro de los destinos más aclamados de la provincia de Cartago: el Valle de Orosi, donde el mayor aliciente reposa en sus terapéuticas aguas termales y su delicioso café. Aquí se halla el Parque Nacional Tapantí, en el que conviven 45 especies de mamíferos, 260 de aves y 30 de reptiles, así como antiguos bosques de robles y alisos. Existen numerosas rutas con diferentes niveles de dificultad para que los visitantes puedan conocer de primera mano la riqueza natural de este «macizo de la muerte», como también se denomina al parque por las leyendas que narran las odiseas que atravesaban los campesinos cuando lo cruzaban. Muchos morían en el trayecto debido a las duras condiciones climáticas del lugar.
Tapantí es, además, una zona de abundante agua; de hecho, su nombre significa «piedra de agua», en referencia a la cantidad de cataratas, ríos y lluvias que se dan cita en este entorno. No dejen de probar las aguas termales de la zona. Nosotros lo hacemos en el Hotel Río Perlas, un tesoro cobijado en plena selva donde el silencio se conjuga con las diferentes pozas diseminadas por el recinto. Ojo: metan primero la mano, porque algunas superan los 40 grados.
"La Negrita"
Antes de poner rumbo a la provincia de Guanacaste y sus playas de ensueño, hacemos una parada en la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles, «La Negrita», patrona de Costa Rica y objeto de fe y respeto para todos los ticos, en quienes el catolicismo corre por las venas con el mismo fervor que el amor por los dones terrenales.
La historia cuenta que una joven indígena de Cartago se topó con una pequeña imagen de una mujer que regresaba al mismo punto cada vez que ella se la llevaba a casa. La Iglesia interpretó estos sucesos como una señal divina de que la Virgen quería permanecer en ese lugar específico para proteger a su pueblo. Hoy en día es lugar de peregrinación y, cada 2 de agosto, millones de costarricenses realizan romerías hasta el santuario, próximo a otro punto de interés: las Ruinas de Cartago, donde pueden verse los vestigios de la antigua parroquia de Santiago Apóstol, inconclusa y parcialmente destruida tras los devastadores terremotos de 1841 y 1910. Hoy se conservan como parque público y monumento histórico protegido.
Nos montamos en una avioneta y sobrevolamos la costa del país para llegar a una de las zonas más exóticas: la costera Guanacaste, donde las playas de Tamarindo y Langosta hacen las delicias de los amantes del surf y de los hipnóticos atardeceres. Nos alojamos en Cala Luna, donde nos espera Gloria para sumergirnos en un viaje interior a través de rituales que conectan con la tierra y con uno mismo.
Tras una sesión de yoga en este hotel boutique, en el que conectamos con la naturaleza de manera casi mística, iniciamos el «sound healing» que conduce esta terapeuta. A través de frecuencias, sonidos y vibraciones conseguimos alcanzar un estado de relajación profunda y reducir el estrés. Gloria también nos espera a primera hora del día siguiente para un «blue clay cleansing ritual», un tratamiento facial y corporal de desintoxicación profunda que utiliza arcilla azul extraída artesanalmente de las selvas tropicales.
Renovados y purificados, y tras darnos unos buenos baños en las aguas del Pacífico, nos sumergimos en el mundo de los manglares del golfo de Nicoya, donde Don Mario, empresario costarricense, nos recoge en una pequeña embarcación para desvelarnos los secretos y riquezas naturales de este enclave. Navegamos por los alrededores de Isla Venado, un lugar virgen que ahora empieza a recibir visitantes y resulta ideal para la observación de aves. Además, esta zona cuenta con un reclamo singular: un restaurante flotante donde degustamos deliciosos mariscos, camarones, langostas y pescados frescos cultivados de forma sostenible por los pescadores locales. Prueben su piangua y el ceviche. La Cooperativa de Camarones es un proyecto que nació en 2010 y que, con el apoyo de varias organizaciones, logró construir este restaurante flotante en medio del estero.
Luz bajo el agua
Pero la gran sorpresa que nos tiene preparada Don Mario aún está por llegar. Cae la noche y ponemos rumbo a Isla San Lucas, en la zona de Puntarenas. Allí, en medio del silencio y bajo las estrellas, nos lanzamos al mar y, de pronto, al paso de nuestros movimientos comienza a brillar la vida marina. Se trata de un proceso biológico conocido como bioluminiscencia, producido por el fitoplancton. Cuando estos organismos son perturbados por el movimiento del agua o incluso por un simple toque, emiten destellos de luz. A nivel más técnico, se trata de una reacción química en los seres vivos que produce luz: cuando la proteína luciferina se oxida al entrar en contacto con el oxígeno (un proceso acelerado por la enzima luciferasa) se libera energía en forma de luz visible. Sin duda, una experiencia fascinante.
Y para poner el broche final a estos días por esta tierra mágica, desembarcamos en Puntarenas donde, una vez más, Don Mario nos agasaja con una rica sopa de mariscos y pescados de la zona. Y es que en Costa Rica todo sabe mejor: quizá por la frescura de sus productos, quizá por la amabilidad innata de los ticos o quizá porque aquí la vida transcurre a otro ritmo, uno más pausado, más auténtico y profundamente conectado con la naturaleza. ¡Pura vida, mae!
San José, entre oro y jade
La capital costarricense bien merece una visita aunque sea exprés para recorrer sus mercados, degustar la gastronomía local en una soda tradicional (pidan uno de sus casados o unos callos de lengua) y disfrutar de una inmersión cultural en algunos de sus principales espacios artísticos. Entre ellos destaca el Museo del Jade, que alberga miles de objetos elaborados en este material, símbolo de la historia y la cultura precolombina del país. Muy cerca se encuentran también el Museo del Oro, con una destacada colección arqueológica compuesta por 688 piezas de oro anteriores al siglo XV, y el Museo Nacional, custodio de buena parte del patrimonio histórico costarricense.
Si aún quedan ganas de hacer algunas compras, merece la pena perderse por los pasadizos laberínticos del Mercado Municipal de Artesanías, que evocan la atmósfera de un zoco. Y para poner el broche final a la jornada, nada mejor que disfrutar de una cerveza Imperial bien fría.
