Después de 'El aspirante' y 'Caníbal sin dientes', Santiago Mazarrasa ( Santander , 1988) -creador de algunos fanzines y discos con Donato Fanzine y editor, junto a Mina K., de 'MULE', una revista literaria- publica su tercera novela, 'Casilla vacía ', una narración que contempla en cierta manera la proximidad del ensayo al estar escrita en segunda persona, el espacio interrogativo por excelencia. Se trata de una narración con visos generacionales, el paso a la madurez de un grupo de personas que pescan durante años en una suerte de refugio que parece simbolizar en cierta manera sus logros y sus fracasos. Un domingo, el último en muchos sentidos, se van a pescar, y luego todos volverán a sus vidas insatisfechas, a repetir siempre lo mismo en una especie de monotonía no tanto anhelada en cuanto buscada pero sin que los personajes sean conscientes de ello. Todos salvo uno, que ya no regresará, es la casilla vacía en el tablero de la vida de un grupo de amigos santanderinos. Amén de la manera en que está escrita, ya digo la segunda persona (que se abre a interrogantes pero que a la vez dan la respuesta a los mismos), 'Casilla vacía' parece representar a una generación que es la que ahora se encuentra en la treintena y que se distingue por la retórica social en que está envuelta, vale decir, de grandes referentes sociológicos en un mundo que no les ofrece en realidad ningún referente real al que agarrarse. Lo que hay que entender como un modo que adopta la literatura para arrojar tintas de calamar sobre sí misma: esa insatisfacción es real porque parece hacer carne el dicho de Dante de abandonad toda esperanza , y puede discutirse si esa esperanza tiene o no fundamento, al modo en que la tenía, me refiero a la esperanza, la generación de posguerra o desde un punto de vista de transformación social, la tan cacareada de los sesenta. Preguntarse por ello es aceptar o no ciertas premisas que en realidad importan poco en el desarrollo de la novela porque toda la literatura parte de una ficción que se revela coherente frente a una realidad caótica o que se presenta como tal. Y aquí radica la fascinación que produce esta narración y que es propia de una literatura conseguida, la de la verosimilitud . En la novela se siente como una herida profunda la necesidad terrible de buscar una seguridad a la que aferrarse , una extensión del refugio donde pescaban desde la infancia, pero el autor siente hacia sus personajes cierta ambivalencia porque, aunque sabe que está otorgando un mundo sin salida, donde todo se resuelve en el líquido mar del Cantábrico que lava cualquier rastro de tierra firme, también deja caer que todo puede ser una máscara donde se disimula lo que no quiere verse: Abby, Cabezas, el Moro, Roto... Una serie de personajes que, desde variados paisajes, se disuelven en una nada que tuvo su origen en la playa santanderina. El único apoyo de referencia, lo que no deja de ser una carencia del mismo, es la recurrencia al móvil, resuelta con gran habilidad por el autor.