León XIV y la multitud que desmintió la muerte del catolicismo en España
Hay acontecimientos que no se entienden del todo mientras ocurren. Uno ve las imágenes, escucha los discursos, mira las multitudes, registra la solemnidad, advierte alguna lágrima furtiva en un señor que seguramente llevaba años sin pisar una iglesia y, aun así, tarda un poco en caer en cuenta de lo que acaba de pasar.
La visita de León XIV a España fue uno de esos acontecimientos: no solo una gira apostólica, no solo una agenda de actos oficiales, no solo una procesión de cámaras, sotanas, policías, obispos, ministros, fieles y curiosos. Fue, sobre todo, una invitación a salir de la caverna.
Sí, la caverna de Platón. Esa donde los prisioneros confunden las sombras con la realidad porque llevan tanto tiempo mirando la pared que ya no recuerdan que existe el sol.
En España –y no solo en España– muchos creyentes han vivido durante décadas en una caverna cultural cuidadosamente administrada por una izquierda de sacristía invertida: esa que no cree en Dios, pero reparte excomuniones; que predica tolerancia, pero se persigna ante la palabra “familia”; que habla de libertad, pero quisiera que la fe se practicara en voz baja, detrás de una cortina, como quien fuma en un baño de aeropuerto.
Durante años se nos dijo que el catolicismo era cosa residual. Una nostalgia de abuelas, procesiones y mantillas. Una curiosidad antropológica. Un folclor útil para atraer turistas, siempre que no se le ocurriera decir nada sobre la vida, la verdad, la dignidad humana o el alma. La fe podía salir en las postales, pero no en la plaza pública. Podía iluminar vitrales, pero no conciencias. Podía conservar templos, pero no interpelar parlamentos.
Y entonces llegó León XIV.
Llegó con una serenidad que no necesita levantar la voz porque sabe de dónde viene su autoridad. Llegó con esa valentía que no consiste en gritar más fuerte que los adversarios, sino en decir lo verdadero sin pedir perdón por existir. Y España, contra todos los pronósticos de los ingenieros sociales del desencanto, salió a verlo.
No fueron cuatro gatos con escapulario, como quisieran creer algunos editorialistas de ceja levantada. La visita congregó a más de 2,5 millones de personas en 21 actos. Antes de empezar, ya había unos 600.000 inscritos.
En Madrid, la misa del Corpus en Cibeles reunió a más de un millón de fieles; algunas estimaciones hablaron de 1,2 millones y otras, de 1,5 millones, con la multitud extendida por Alcalá, Recoletos y la Castellana.
En Barcelona, la bendición de la Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia –172,5 metros de piedra, fe y terquedad gaudiniana– reunió a 9.000 personas dentro del templo y a unas 130.000 en el exterior.
En Canarias, decenas de miles acudieron a las celebraciones, con más de 45.000 inscritos en Gran Canaria y cerca de 29.000 en Tenerife antes de los actos.
Todo esto, por cierto, en una España supuestamente descristianizada, vacunada contra lo sagrado, alérgica al incienso y oficialmente adscrita al catecismo del progreso obligatorio.
Pero lo más impresionante no fueron solo los números. Los números ayudan, claro, porque a veces hace falta que la realidad venga con contador para que los ideólogos de guardia no la declaren inexistente.
Lo verdaderamente impresionante fue la belleza. Esa belleza que la modernidad militante no sabe bien dónde poner, porque no se deja reducir a consigna.
La plaza convertida en templo. La custodia avanzando entre calles. La Sagrada Familia levantando la mirada de una ciudad entera hacia una torre dedicada a Jesucristo. El Papa en el Congreso, hablando de vida, dignidad, reconciliación, verdad y responsabilidad, mientras un hemiciclo normalmente especializado en el navajazo reglamentario le regalaba una ovación de siete minutos.
Siete minutos. En el Congreso de los Diputados. A un papa. España no salió de la caverna: abrió la puerta de una patada y dejó que entrara el sol.
Por supuesto, no faltará quien diga que todo fue emoción pasajera. Que las multitudes no prueban nada. Que también se llenan estadios para conciertos, finales de fútbol y ferias de tapas veganas con DJ.
Es verdad. Una multitud no convierte automáticamente una idea en verdadera. Pero tampoco se puede despachar una multitud así como si fuera un atasco de tráfico con rosarios.
Cuando millones de personas se congregan alrededor de una figura espiritual, cuando llenan calles, iglesias, recintos y plazas para escuchar palabras que no prometen poder ni dinero ni placer instantáneo, algo está ocurriendo debajo de la superficie.
Y ese algo es que el corazón humano no se resigna a vivir de sombras.
El progresismo más ramplón lleva años intentando convencernos de que la fe es una antigualla y que la Iglesia debe limitarse a pedir disculpas, vender conventos y bendecir el programa político del momento.
León XIV hizo algo mucho más subversivo: recordó que la Iglesia no está para decorar la modernidad, sino para iluminarla. No con arrogancia, sino con misericordia. No con nostalgia, sino con verdad. No contra el mundo, sino a favor del hombre, que es exactamente lo que el mundo suele olvidar cuando se emborracha de sí mismo.
La imagen platónica resulta especialmente poderosa porque el que sale de la caverna no vuelve convertido en enemigo de los que quedaron dentro. Vuelve, más bien, con una mezcla de compasión y urgencia. Quiere decirles: “Vengan, no era la pared; era apenas una sombra. Afuera hay luz”.
En el mito, los encadenados rechazan al liberado porque la verdad les duele en los ojos. En esta historia, sin embargo, hay una diferencia decisiva: muchos de los que permanecen dentro no son enemigos de la verdad. Son bautizados dormidos, creyentes avergonzados, católicos culturales, hijos de una civilización cristiana a quienes convencieron de que su herencia era una culpa y no un tesoro.
Por eso, cuando alguno vuelva a entrar en la caverna para contar lo visto, quizá no lo apedreen. Quizá lo escuchen. Quizá algo les arda por dentro. Quizá recuerden una oración de infancia, una misa de difuntos, una abuela haciendo la señal de la cruz, una campana de pueblo, una Navidad verdadera, un Cristo en la pared de una casa humilde. Quizá descubran que esa nostalgia no era simple nostalgia, sino memoria del alma.
La visita de León XIV a España no resolvió todos los problemas de la Iglesia, ni tenía que hacerlo. La Iglesia carga heridas, pecados, torpezas y escándalos que no se curan con una agenda bien producida ni con una ovación parlamentaria.
Pero tampoco se puede negar lo evidente: durante unos días, España volvió a mirar hacia arriba. Y cuando un pueblo mira hacia arriba, aunque sea por unos minutos, ya no puede fingir que solo existe el suelo.
León XIV no fue a España a ganar una batalla cultural con pancartas, memes o frases de tertulia. Fue a hacer algo mucho más antiguo y mucho más revolucionario: mostrar belleza, afirmar la verdad y recordar que el hombre no está hecho para arrastrarse entre sombras, sino para caminar hacia la luz.
Y eso, en estos tiempos, es un acto de insurrección.
_____
Alberto Quirós Feoli es publicista, fundador de la agencia de publicidad Jotabequ y profesor universitario en filosofía creativa.
