Un país empeñado hasta las trancas
En un reino lejano, el rey Presupuesto salía cada viernes al balcón con una sonrisa cansada y una carpeta llena de promesas en forma de ayudas, bonos, cheques, derechos y sacrificios siempre aplazados. Desde una carretera para los impacientes hasta una ayuda para los enfadados, una subvención para los nostálgicos, una paga para los que habían trabajado toda la vida y otra para los que aún no habían empezado. El pueblo aplaudía, porque todo era gratis.
En el sótano del palacio vivía la señora Deuda que al principio era pequeña, casi doméstica, dormía en una esquina, se alimentaba de déficits modestos y no molestaba a nadie, pero luego creció ocupando una habitación, después un pasillo y finalmente toda una planta. Los ministros, la llamaban “escudo social”, pero un día el relojero del pueblo, un hombre flaco llamado Don Sentido Común, se atrevió a preguntar quién pagaría eso y alguien indignado por la pregunta gritó que serían los ricos y Europa y otro dijo que lo haría el crecimiento futuro.
Mientras tanto, en la parte alta del pueblo, en una casa humilde, vivía Julián, un jubilado que había trabajado cuarenta años, no pedía lujos, pedía cobrar su pensión, encender la calefacción en invierno y comprar un cuento a su nieta Clara cuando venía a verlo los domingos, tenía ocho años y una hucha de cerdito. Un día le preguntó qué era la deuda pública y Julián, callado, miró la hucha de la niña y pensó que aquel país llevaba años metiendo la mano en la hucha de Clara sin pedirle permiso y sin que se enterara.
Mientras, en televisión, un ministro hablaba despacio, con esa solemnidad de quien nunca ha pagado una factura con su propio miedo y explicaba que todo estaba garantizado, que las pensiones eran intocables, que el futuro estaba asegurado y que la deuda era sostenible. Nadie preguntó ni hasta cuándo ni a costa de quién pues esa era la gran mentira del reino, hacer creer a los mayores que defender sus pensiones consistía en negar los números, y hacer creer a los jóvenes que todavía quedaba tiempo. Y ese fue el verdadero drama, no que un jubilado cobrara su pensión, sino que un país entero hubiera decidido financiar su tranquilidad presente empeñando la infancia de sus nietos.
En lo que llevamos de año, la deuda pública ha aumentado en 40.000 millones de euros y la Seguridad Social recibió en 2025 más de 50.000 millones por transferencias del Estado cada vez más endeudado, a pesar de lo cual sigue teniendo un déficit corriente de más de 7.387 millones y uno estructural de 60.000 millones, lo que apunta a futuros recortes en la pensión y endurecimiento de las condiciones para la jubilación.
Muchos jóvenes piensan que no van a tener una pensión digna cuando se jubilen y muchos expertos piensan que el sistema de pensiones está en déficit porque las prestaciones son muy elevadas, pero la realidad es que las pensiones no están en peligro porque los jubilados cobren demasiado, sino porque los gobernantes han preferido vender tranquilidad presente antes que construir solvencia futura. El verdadero enemigo de las pensiones no es el pensionista, sino la deuda convertida en costumbre, el déficit convertido en anestesia y la cobardía política disfrazada de escudo social.
No podemos proteger las pensiones a base de aumentar la bola de deuda pública, destruyendo el futuro de quienes tendrán que pagarlas ni podemos confundir derechos con magia ni llamar justicia social a gastar hoy lo que otros deberán devolver mañana con intereses.
La tragedia no es que los mayores cobren una pensión, sino que nadie quiere decirles que el sistema, para ser sostenible, necesita empleo, productividad, natalidad y cuentas serias, no pancartas, decretos y discursos con música de violín. Defender las pensiones no consiste en prometer subirlas, sino en financiarlas mejor, pero eso exige valentía, algo que cotiza poco en política.
