El prohibitivo coste de la graduación de la hija de Pedro Sánchez en Bristol
La reciente graduación de Ainhoa Sánchez, hija del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en la Universidad de Bristol (Reino Unido) pone sobre la mesa un debate profundo sobre la coherencia discursiva del Ejecutivo y las opciones educativas de las élites políticas del país. Mientras el inquilino de la Moncloa saca pecho de manera recurrente sobre la robustez de la educación pública española y califica con desdén de «chiringuitos» a determinados centros de la educación privada nacional, su entorno familiar más cercano opta por un modelo educativo anglosajón cuyo acceso resulta prohibitivo para la inmensa mayoría de las familias de la clase media y trabajadora que el Gobierno dice representar.
Estudiar el grado de Psicología en la Universidad de Bristol, una institución de indiscutible prestigio integrada en el denominado “Russel Group” (la élite universitaria británica), como ha hecho la hija del presidente, supone un desembolso económico que la sitúa en la cúspide de la exclusividad financiera mundial para estudiantes extranjeros. La aventura académica de un español en el Reino Unido se traduce para un grado de tres años en un esfuerzo financiero total que asciende a más de 200.000 euros. Así, lo que el relato oficial presenta como un éxito académico convencional es, bajo el prisma de los datos económicos, una opción solo al alcance de rentas extremadamente elevadas, marcada, además, por las severas restricciones impuestas tras el proceso del Brexit.
Para cualquier ciudadano de la Unión Europea, el panorama académico en Reino Unido se ha transformado de forma radical en el último lustro. Antes de la desconexión británica del bloque comunitario, los estudiantes españoles eran considerados «locales» (“Home students”) a efectos financieros, lo que les permitía abonar las mismas tasas reguladas que un ciudadano británico y acceder a los créditos públicos de matriculación. En la actualidad, tras el Brexit, los alumnos de la UE entran de forma automática en la categoría de estudiantes internacionales (“International students”), lo que multiplica exponencialmente los costes de matrícula.
De acuerdo con los datos actualizados de la propia Universidad de Bristol para sus grados de Psicología, la tasa anual de matrícula para un estudiante internacional se sitúa en 33.400 libras esterlinas (aproximadamente 39.800 euros al cambio actual) tan solo para el primer curso, frente a las escasas 9.250 libras que abona un alumno nacional. Al tratarse de una carrera que en el sistema británico se extiende habitualmente durante tres años en su etapa de grado, el coste acumulado de la mera docencia supera los 119.400 euros antes de computar las variaciones por la inflación anualizada que aplica el centro de estudios.
El elevado coste de la vida en Reino Unido
Esta realidad resulta especialmente llamativa si se tiene en cuenta que la Universidad de Bristol es una institución de titularidad pública. Sin embargo, su política de financiación para alumnado extracomunitario funciona bajo una lógica puramente comercial, con precios que la convierten en una opción elitista.
El abono de la matrícula es solo la primera barrera de un engranaje económico sumamente complejo. Para que las autoridades británicas de inmigración expidan el visado de estudiante obligatorio (Student Visa), el solicitante debe afrontar desembolsos previos ineludibles. La tasa de tramitación del visado ronda las 490 libras (unos 580 euros), a lo que se debe sumar de forma obligatoria el recargo sanitario para el acceso al Servicio Nacional de Salud británico (“Immigration Health Surcharge”). Este seguro médico obligatorio tiene un coste para estudiantes de 776 libras por año (unos 925 euros) que se debe abonar de forma íntegra y adelantada por la duración total de la carrera, lo que eleva el peaje burocrático inicial a unos 3.355 euros a lo largo de toda la estancia académica.
Una vez obtenido el permiso de entrada, la instalación en la ciudad de Bristol exige una solvencia de capital continuada, por lo que el estudiante o sus tutores legales deben acreditar ante las autoridades de inmigración que disponen de los fondos suficientes para cubrir la estancia completa.
El mercado inmobiliario de esta ciudad portuaria del suroeste de Inglaterra es uno de los más tensionados y encarecidos del Reino Unido fuera de Londres. El alojamiento en el campus en una residencia universitaria, durante el primer año, oscila entre las 140 libras (165 euros) semanales para las opciones más básicas y las 260 libras (305 euros) para los dormitorios estándar con baño privado. Esto se traduce en un coste mensual de entre 700 y 1.200 euros, tal y como figura en el portal especializado Rentaroof.
La residencia en el campus suele estar solo garantizada para los estudiantes de primer año, por lo que, en segundo y tercero, los alumnos tienen que realizar la mudanza a pisos compartidos o residencias privadas en barrios cercanos al campus, como Clifton o Redland. Las residencias privadas de estudiantes fuera del campus se encuentran en un rango de precios que van desde las 150 libras (176 euros) a las 414 libras (486 euros) semanales, según recoge AmberStudent, un buscador de alojamientos universitarios.
Por su parte, el coste medio de un piso completo de tres dormitorios en Bristol se sitúa en torno a las 2.000 libras mensuales (2.380 euros), pero en las zonas más cotizadas y cercanas a la universidad los precios se aproximan a las 3.000 libras (3.510 euros), tal y como reflejan los anuncios de inmuebles publicados en el portal inmobiliario Rightmove.
A este mercado del alquiler se añaden las facturas de energía, que son notablemente altas en el Reino Unido y ascienden a una media de entre 120 y 150 libras mensuales (entre 140 y 175 euros) por vivienda. No obstante, los estudiantes matriculados a tiempo completo están exentos de pagar el impuesto municipal de residencia, conocido como “Council Tax”.
De este modo, en el caso de optar por un piso compartido entre tres estudiantes, el gasto individual neto por persona (sumando el alquiler de la habitación y la parte proporcional de los suministros) se sitúa fácilmente en una horquilla de entre 1.100 y 1.300 euros mensuales.
A estas cantidades fijas se une la cesta de la compra, los desplazamientos urbanos y los obligatorios viajes de retorno a España en los periodos vacacionales. El coste de vida estimado por la propia institución para un estudiante internacional se sitúa en un mínimo de 1.200 a 1.500 libras mensuales (entre 1.400 y 1.800 euros). De este modo, el mantenimiento básico e indispensable de un estudiante en Bristol requiere alrededor de 16.000 a 20.000 euros anuales, sin margen para gastos superfluos o imprevistos. No obstante, los estudiantes españoles de Reino Unido consultados aseguran que generalmente los gastos son más elevados de lo que se presupuesta incialmente.
Asimetría con España
La asimetría económica se evidencia con total nitidez al confrontar el coste de la Universidad de Bristol con los precios de la educación superior en España, tanto en el ámbito público como en el privado. En una universidad pública española (como la Universidad Complutense de Madrid o la Universidad de Barcelona), el precio del crédito para el Grado en Psicología está regulado por las comunidades autónomas dentro del sistema de tasas públicas. La matrícula de un curso completo (60 créditos) se sitúa, en primera convocatoria, en una horquilla que va desde los 800 hasta los 1.600 euros anuales, dependiendo de la región. El coste total de los cuatro años de grado en la enseñanza pública española apenas supera los 5.000 euros en promedio, una cifra casi ocho veces inferior a lo que cuesta un solo año de docencia en Bristol.
Si la comparación se realiza con las universidades privadas españolas de mayor prestigio -aquellas a las que la retórica gubernamental suele estigmatizar-, el modelo británico sigue resultando notablemente más gravoso. El coste anual de cursar Psicología en centros privados nacionales como la Universidad Francisco de Vitoria, la Universidad Pontificia Comillas o la Universidad CEU San Pablo oscila entre los 9.500 y los 13.000 euros anuales. Es decir, estudiar en la educación privada española de élite cuesta una tercera parte de la tarifa que Bristol impone a los alumnos extranjeros, sin contar el inmenso ahorro logístico que supone residir en el propio país.
Disonancia curricular
La elección del Reino Unido introduce además una disonancia con respecto al diseño curricular de los planes de estudio europeos. En el ámbito británico, los grados universitarios se estructuran generalmente bajo el modelo de tres años de duración, que se complementan posteriormente con dos años de máster (el conocido esquema 3+2). Por el contrario, España consolidó mayoritariamente el modelo de cuatro años de grado y un año de máster (4+1).
Esta ordenación académica no está exenta de lecturas políticas e ideológicas en la historia reciente de España. Durante el mandato del ministro José Ignacio Wert se abogó por dar flexibilidad a las universidades para implantar grados de tres años, bajo la premisa técnica y económica de que reducir la duración del grado aliviaba las tasas iniciales para las familias y permitía una especialización más ágil a través de postgrados.
Sin embargo, los sectores vinculados a la izquierda política y los sindicatos educativos rechazaron frontalmente esta opción en su momento, argumentando que los másteres son considerablemente más caros que los grados y que, por tanto, el modelo 3+2 encarecía el coste total de la educación superior, favoreciendo una supuesta privatización encubierta y elitista del sistema.
El posterior Ejecutivo socialista auspició un blindaje por ley de los grados de cuatro años. Resulta por ello paradójico que los miembros de la familia del presidente se decanten por un itinerario curricular de tres años que su propio espacio político ha combatido y prohibido en el marco doméstico.
Frente a la magnitud de estas cifras, suele argumentarse la existencia de programas de ayuda financiera o incentivos al mérito. Sin embargo, la realidad de las universidades británicas postbrexit es sumamente restrictiva en este apartado. La Universidad de Bristol dispone de sus prestigiosas becas internacionales “Think Big”, orientadas a mitigar el coste de las matrículas para alumnos extranjeros con expedientes sobresalientes.
No obstante, estas ayudas son extremadamente escasas y competitivas en comparación con el volumen global de matriculaciones. Las cuantías de estas becas de grado se dividen habitualmente en dotaciones fijas de 6.500 libras o, en casos excepcionales, de 13.000 libras anuales. Estas cantidades reducen la factura, pero en ningún caso cubren la totalidad de la matrícula de más de 33.000 libras, dejando al estudiante la obligación de sufragar de su propio bolsillo el resto de las tasas y la totalidad de los elevados costes de vida. Además, el grueso de las becas institucionales completas y los fondos de asistencia social en el Reino Unido continúan reservados de forma prioritaria para los estudiantes con estatus de residentes locales dejando al alumnado internacional desprotegido ante contingencias económicas.
Proyección internacional
Los estudiantes españoles que acuden a centros de la relevancia de Bristol suelen buscar una proyección global diferenciada. El dominio bilingüe de la disciplina, la inmersión en metodologías de investigación anglosajonas y el prestigio de una titulación reconocida en los principales centros financieros y corporativos del mundo configuran un perfil que, con alta probabilidad, desarrollará su trayectoria profesional fuera de las fronteras españolas.
Este destino profesional preferente encierra la última de las paradojas que rodean este caso. El relato económico del Gobierno central insiste de forma recurrente en la recuperación del mercado laboral español, en la creación de empleo de alta cualificación y en el éxito de las reformas laborales destinadas a retener el talento joven en España. Sin embargo, la inversión económica requerida para completar un grado en Bristol solo encuentra una tasa de retorno financiero lógica si el graduado se inserta en mercados laborales con salarios sustancialmente más elevados que los españoles, como el propio mercado británico, el estadounidense o el de las organizaciones internacionales.
La marcha de estudiantes hacia el sistema educativo de Reino Unido evidencia una realidad que los datos macroeconómicos oficiales tratan de matizar: para las posiciones de alta dirección y los entornos globales de la psicología clínica o de las organizaciones, las credenciales del sistema público español parecen no resultar la opción prioritaria, ni siquiera para el círculo familiar más próximo a la Presidencia del Gobierno.
