Editorial: La desafiante tarea de Comex con Estados Unidos
Uno de los grandes retos que enfrenta el Ministerio de Comercio Exterior, ahora bajo el liderazgo de Indiana Trejos, es aprender a lidiar con una administración estadounidense agresiva e impredecible en materia comercial. Cuando el marco normativo pierde valor, cuando la lógica y el sentido común ceden terreno y cuando un socio más poderoso pretende imponerse por el solo hecho de serlo, las posibilidades de sostener una relación respetuosa y armoniosa se desvanecen.
Esa realidad nos obliga a tener claridad absoluta sobre nuestros objetivos –tanto a corto como a largo plazo–, a descifrar las preocupaciones legítimas de la contraparte, a identificar posibles áreas de interés común y trabajo conjunto, a tocar las puertas de eventuales aliados y a neutralizar a nuestros opositores, todo con el propósito de trazar una estrategia inteligente que nos permita transitar con éxito el difícil trecho que tenemos por delante.
La experiencia vivida por la Administración anterior, así como la de otros países o grupos de países, demuestra que hacer concesiones graciosas a la Casa Blanca surte poco efecto en nuestro beneficio. Por el contrario, esa actitud solo envalentona al otro lado e incentiva nuevas exigencias. Por eso, los muy cuestionables acuerdos migratorios a los que accedió el gobierno del expresidente Chaves no sirvieron en absoluto para atemperar las intenciones de gravar nuestras exportaciones, en contravención de las obligaciones internacionales asumidas.
Costa Rica mueve ficha en Washington para proteger sus exportaciones de dispositivos médicos
Por esa razón, desde este medio hemos favorecido la cautela y la mesura con que las autoridades del Ministerio de Comercio Exterior han manejado el conflicto con Washington, sin apresurarse a firmar acuerdos con compromisos excesivos ni a aceptar imposiciones de imposible cumplimiento futuro. Al mismo tiempo, es posible –y necesario– reconocer las demandas razonables que nuestro principal socio comercial y de inversiones ha planteado frente a medidas locales que carecen de justificación y que bien podrían modificarse en beneficio de ambas partes.
De igual manera, el país debe insistir en el argumento convincente que ofrece la exitosa estrategia de la industria estadounidense de dispositivos médicos, la cual aprovecha las ventajas que Costa Rica brinda a través de su régimen de zonas francas y de una fuerza laboral cada vez más capacitada para producir bienes de calidad a precios competitivos, tanto para el mercado norteamericano como a escala global. Así lo expresó con toda claridad la ministra Trejos durante su reciente visita a Washington D. C., al destacar “el carácter complementario de la industria costarricense de dispositivos médicos dentro de la cadena de suministro de Estados Unidos, así como la confiabilidad del país como proveedor estratégico para ese mercado”.
Por esas mismas razones, sobra subrayar el sinsentido que representa haber abierto una investigación para determinar si la inversión de reconocidas empresas estadounidenses en suelo costarricense podría llegar a constituir una amenaza para la seguridad nacional de aquel país.
Por obvio que esto parezca, no podemos permitirnos escatimar esfuerzos en la capital estadounidense, y hace bien el equipo negociador en tocar incesantemente las puertas de autoridades oficiales, gremios empresariales y centros de pensamiento, para transmitirles las razones válidas por las cuales el resultado de esas investigaciones debe descartar cualquier intento de restringir de forma permanente el acceso de nuestras exportaciones a ese mercado. El respaldo que muchos de ellos pueden ofrecernos resulta invaluable.
La tarea no es fácil, pues la arremetida se enmarca en una política proteccionista de aplicación generalizada bajo la lógica mercantilista y transaccional del presidente Trump, por lo que, hasta ahora, todas las razones esgrimidas desde la perspectiva legal, económica o política han topado con pared. De nada han servido las tajantes resoluciones de los tribunales, las advertencias de los especialistas ni los duros datos que muestran un incremento en los precios, el costo de vida y la inflación.
Sin embargo, la integración existente entre ambos extremos de ese y otros sectores productivos es tan profunda, y tan nocivas las repercusiones que las restricciones podrían llegar a tener, que todo esfuerzo realizado en ese sentido debe reconocerse sin mezquindad, sin olvidar que en ocasiones es preferible vivir con una carga injusta que pagar un precio excesivo por resolverla solo a medias.
