Esconde la última película del islandés Hlynur Pálmason la sensación de que lo importante, eso que marca la vida de cada uno, no sucede de golpe, sino de manera pespunteada mientras las estaciones avanzan y las rutinas se suceden. 'El amor que permanece', que así se llama, recoge en mitad de un paisaje islandés alucinante (un bello acantilado con el glaciar al fondo) a una familia bastante normal aunque algo alucinada. Un matrimonio joven con tres hijos se está separando sin gritos ni discusiones, como se acaban las cosas civilizadas, que es al menos desde el sur como creemos que pasan las cosas al norte de Europa. Ella es artista y busca en los inasibles de la creación algo a lo que agarrarse, él es pescador en alta mar de arenques y de todo lo que puedan coger de las profundidades marinas. Los niños (la mayor, de 17 años, y los gemelos, todavía muy críos) disfrutan la felicidad de crecer rodeados de naturaleza, luz blanquísima y una casa donde el amor todavía permanece. En esa armonía, algo parece gestarse en las profundidades abisales de esas rutinas. Cuántos sonidos caben en el silencio de las vidas normales y solitarias cuando no suena la banda sonora permanente y atronadora de Hollywood. Un suspiro, el crujido del sofá, el perro que suelta un bufido, una lata de cerveza que se abre, la tele de fondo, siempre de fondo. Fuerza Pálmason la metáfora de lo que crece oculto bajo lo tangible y de la vida a la deriva de esa pareja protagonista, especialmente la de él. Y acaba por hacer palpable (y bebible) lo surrealista, onírico y misterioso que hasta el desenlace iba dejando como una ligera lluvia. Evidentemente, igual que en sus anteriores trabajos como 'Godland' o 'Un blanco, blanco día', la estética en los encuadres y los planos es desmesurada. El propio Pálmason firma la fotografía (además del guion, la dirección y de poner a sus tres hijos ante la cámara) y se recrea en una sucesión de bodegones (de naturalezas muertas, vivas y así) que bailan y saltan en el montaje al ritmo de una música que solo suena cuando se aleja de las escenas domésticas. Y de las conversaciones. Alguna, como la del padre en el asiento del copiloto mientras la hija mayor conduce, que justifica una película.