Feria de Málaga: una «pechá» de Cartojal
Descubrí la Feria de Málaga hace algo más de una década, prácticamente a la vez que la ciudad –entonces Paco de la Torre ya era un alcalde veterano–, cuando mi hermana se fue allí a hacer la residencia de Medicina Interna. Recuerdo nuestro debut feriante, allá por 2014 ó 2015, bajando la avenida Carlos Haya hacia el centro, camino de la plaza de toros de La Malagueta con un puro en el bolsillo de la camisa y junto a mi amigo conocido como «La Bestia». Por qué echaron a «La Bestia» del coso al cuarto toro cuando ya iba por el quinto gin-tonic ya es otro cantar que no voy a contar aquí. Solo diré que a poco no lo tuvieron que sacar las mulillas arrastrándolo.
Me viene a la cabeza otra ocasión en la que trajimos a nuestro primo Iñaki –ya mi hermana vivía en el piso de Esperanto, junto al centro– para que conociese la fiesta malacitana. Ya saben cómo beben en el norte. Se tomó almorzando, en lo del calvo de El Ancla –las mejores conchas finas de Málaga–, no sé si diez u once cervezas. Así acabó luego con el Cartojal. Porque ojo con el Cartojal, ese vino blanco y dulce (D.O. Málaga) que se bebe muy frío durante la Feria y que entra como si fuese ambrosía. No les digo ya si sopla terral. Se toma uno cuatro o cinco vasitos de esa botella tan característica de color rosa con lunares blanco, y, de golpe y porrazo, no sabe uno si está en la calle Larios o si se está bebiendo un pelotazo de Larios en la calle. O le puede pasar como a mí, que al comprar no sé si la quinta o sexta botella de aquel endemoniado y glorioso zumo de uva, pida un Carvajal en vez de un Cartojal...
Dos ferias en una
Porque la Feria de Málaga –lo cuento para los forasteros que lo desconozcan– tiene una característica muy peculiar, y es que se divide en dos. Tanto física como temporalmente. Está por un lado la Feria del centro y, por otro, la del Cortijo de Torres, es decir, la del ferial. Lo normal –tanto para malagueños como visitantes– es combinar las dos: un ratito de tardeo en el centro y luego para el recinto ferial al caer la noche. Eso para los soldados que no hayan caído por el camino a cuenta del traicionero Cartojal, que entra una «pechá» de bien. Hay autobuses lanzadera, gratuitos, entre el centro y el recinto, ya que este se encuentra en las afueras, bastante retirado. En el quinto coño, vaya.
A cuenta de ello, no tengo para olvidar aquella ocasión en la que junto a mi hermana y sus amigos tomamos un taxi desde el casco histórico, después de haber pasado la tarde de botellona en la plaza de la Mercé, hacia el Cortijo de Torres. Era un taxi de los que caben siete pasajeros, de los de minusválidos, vaya. No sé cómo animamos a subirse a un vasco cuarentón que estaba en la cola y que nos preguntó si íbamos para arriba, para el río, para la zona de los hoteles. Y nosotros, que sí, que por supuesto. Pues hasta el ferial que nos lo llevamos. Y el vasco, por el camino, que qué cabrones, qué hijos de tal, pero que de puta madre. Se lo pasó como Dios en las casetas, y si no se lío con cinco o seis chavalas, no lo hizo con ninguna. La mejor noche de su vida, la hostia, decía de vuelta.
Hoy, a un mes de los 35 años, siendo ya tío de la malagueña más salerosa que hay de El Palo hasta El Limonar –espólier: mi hermana acaba asentándose en Málaga y compartiendo vida con un boquerón, hijo del barrio de La Luz– contemplo aquellos recuerdos fiesteros con cierta nostaliga pero con la certeza de saber que yo ya la Feria de Málaga la he exprimido, que no me entra un buche más de Cartojal, y que esta juerga la dejo para que la disfruten otros. Yo sólo quiero ver a mi niña, mi sobrinita salerosa, vestida de gitanita, moviendo las manos con toda la gracia del mundo.
Posdata: Y una leche que me voy a retirar de la juerga, mañana mismo, jueves, estoy yo en la plaza de la Mitjana con mi botellita de Cartojal más fría que una caricia de Ursula von der Leyen.
