El
Barça tardó solo tres minutos en perforar la portería del
Feyenoord. Mientras caían chuzos de punta,
Raphinha hizo otra jugada maestra, sentando a dos rivales tras aprovechar el buen pase de
Lamine Yamal. Después, la engrasada máquina de
Flick marcó otros cuatro goles y remató otras dos veces al poste, sin despeinarse en exceso y sin hacer el mejor partido de la temporada. En el primer tiempo, el conjunto neerlandés apenas pasó del centro del campo y
Joan Garcia solo tuvo que intervenir en una ocasión. Cuando
Flick, ya con 4-1 y a diez minutos del final, sentó a
Rodrigo en el banquillo, intentamos ver qué comentarios hacia el futbolista madrileño del juego de este primer rival europeo. El equipo de
Gio van Bronckhorst jugó con más espíritu que el Valencia y puso algo más de fútbol y de ambición, especialmente en el segundo tiempo, pero en ningún momento fue rival para los culés. Lo más desagradable del
Feyenoord fue, como era de esperar, su afición. En repetidas ocasiones, los casi 3.000 neerlandeses cantaron lo de “puta Barça” como un coro tan rabioso como entrenado. Es muy desagradable, en tu propia casa, tener que escuchar estos insultos. Y en Europa pasa demasiado a menudo. Peor es tener que soportar el continuo lanzamiento de cervezas hacia la afición rival, sobre la cabeza de los socios del
Barça que están en la segunda grada. Ayer, las capelinas para resguardarse de la lluvia, sirvieron en parte para cubrirse de tantos vasos de cerveza que volaron por encima de la jaula de metacrilato. Que mientras duren las obras del
Camp Nou toque aguantar la lluvia, se entiende. Que se tenga que soportar la mala educación de estos bárbaros, no. Hay que tomar medidas.
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