Hace justamente un año, en octubre de 2025, tuvo lugar en Arequipa, con mucho más brillo que polémica (aunque esta ocupó un espacio desmesurado e inmerecido de los noticieros en España, allí no fue así), el X Congreso de la Lengua Española . En uno de sus momentos memorables, el teatro municipal de la generosa ciudad natal de Mario Vargas Llosa acogió el acto de inauguración. En la puerta se arremolinaba una multitud de académicos, periodistas e invitados, a la espera de indicaciones de protocolo. Al otro lado de la estrecha calle permanecía desde hacía horas un grupo de curiosos locales aguardando acontecimientos. «Estoy esperando al Rey», escuché que decía una mujer indígena vestida con prendas de llamativos colores y tocada con el característico bombín andino de fieltro negro. Lo fundamental, junto a su entusiasmo y esfuerzo personal por estar allí, era la concreción imaginaria de la figura real en Felipe V I. El monarca, a quien quería dar la bienvenida, el único rey concebible, era el de España. La lectura cultural y política en aquel tiempo y lugar resultó fascinante. En un contexto que, con buena voluntad, podríamos calificar como posnacional, ya que hace nada menos que doscientos años tuvo lugar la independencia del Perú de España, es posible rememorar anécdotas de las últimas décadas, referidas a encuentros hispanoamericanos de la f amilia real española en lugares insospechados de la Hispanoamérica profunda. «Aquí los esperábamos, ya era hora de que vinieran», fue una frase reiterada a los monarcas en distintos tiempos y lugares, como muestra no solo de hospitalidad, sino de alusión sutil a una tradición política común, barroca e hispana, según la cual el saludo comienza una negociación. Hay un reconocimiento fundacional humano y simbólico, un horizonte civilizatorio. La Europa del siglo XXI, marcada por la experiencia imperial reciente francesa y británica, o la más antigua de raíz ibérica, española y portuguesa, entre otras, se halla cada vez más lejos de comprender esos gestos y parece atascada, por el contrario, en formas de modernidad política vinculadas a los Estados-nación decimonónicos. En la Gran Bretaña post-Brexit , que ya nadie analiza al margen de la nostalgia del imperio desaparecido durante la década nefasta de los glorificados años sesenta, no solo existe un peligroso debate sobre la vigencia constitucional de un Reino Unido compuesto y compacto, sino que la pieza crucial de gestión postimperial, la Commonwealth (comunidad cultural, lingüística e identitaria compartida), es criticada en su naturaleza y viabilidad. Es verdad que siguen celebrando un sucedáneo de los juegos olímpicos y practican con pasión el cricket y, si pueden, el polo. El rey Carlos III sigue siendo jefe de Estado en Australia y Canadá. Sin embargo, la primera nación acaba de ser objeto de un intento de juicio por genocidio a causa de una demanda judicial de un activista «nativo» que pretendió debía cargar con las culpas de los tiempos de la reina Victoria. En la gran nación de América del norte, de manera harto paradójica, el anexionismo proyectado desde la actual presidencia de Estados Unidos ha producido, en cambio, un refuerzo del orgullo y el nacionalismo patrio. El debate sobre las culpas «heredadas» (¿o deberíamos decir hereditarias?), consecuencia del pasado esclavista británico, es materia de Estado y afecta a la proyección regional de sus relaciones con naciones del Caribe anglófono y de África, estancadas en recriminaciones sobre compensaciones debidas y diversas formas de justicia «reparadora». En el caso francés , resulta obvio que la potente religión política del republicanismo laicista ha fallado y no ha sido capaz de incorporar nuevas generaciones de ciudadanos de orígenes étnicos diversos. El caso español es anterior en origen y resolución. La monarquía española global, con tan poderosas herramientas de cohesión como la práctica del mestizaje y la integración barroca, hacia 1600 ya constituía una comunidad política que recordaba, por su solidez, a la Antigua Roma . A comienzos del siglo XX había desaparecido. Para la década de 1920, crucial en la definición de conceptos alternativos sobre lo español y lo hispano como solución y no como problema , convivían diversas palabras que aludían a un pasado común con acepciones complementarias. Por un lado, estaba el «Hispanismo», la academia del español y sus vertientes de valor añadido. Por otro, los «hispanistas» fueron caracterizados por el cultivo investigador y docente de la lengua y la literatura españolas, donde quiera que tuviera demanda. También, cada vez más, de la historia. La definición de una riqueza común procedente de una hispanidad identitaria tuvo arraigo popular en una era de migración masiva de los españoles hacia Cuba , Estados Unidos, Argentina y México. Lo más interesante fue que se trató de un horizonte que hoy llamaríamos «postpolítico». Atento a signos de identificación social y productos de consumo cultural –palabras, gestos, familia, religión, patrimonio, música, cine, teleseries– que chocaron con la cotidianidad impuesta en América por los nacionalismos republicanos y sus pedagogías militaristas heroicas. A ambos lados del Atlántico, en América y en Europa, el problema de la erosión y de las oportunidades que trae la globalización parece, sin embargo, revestir un carácter similar. No hay futuro posible sin ajuste de un pasado compartido. Habitado no por fantasmas y delirios utopistas, sino por conversaciones reales y sostenibles.