He elegido 'Tiberio en Capri' porque contiene bastante bien lo que entiendo por una columna de opinión. Para mí, la opinión en un periódico es política , naturalmente, pero también cultura y memoria; mirar lo que ocurre hoy con todo lo que hemos leído, visto y aprendido antes. A veces, para entender una mañana en Moncloa hay que volver a Suetonio y a un emperador encerrado en una isla hace dos mil años. Me interesa especialmente ese juego entre pasado y presente, porque la Historia no se repite, pero proporciona imágenes, personajes y situaciones que iluminan de otro modo la actualidad. Creo que, si tuviera que resumir la clave del columnismo que intento hacer, sería precisamente esa: cambiar la perspectiva, buscar un enfoque diferente y contar desde otro lugar algo que, en principio, todos creemos conocer ya de sobra. ¿Quieres que te describa en pocas palabras? Cruel y sanguinario. Que me parta un rayo si tu madre es capaz de amarte. Esta coplilla circulaba por Roma hace dos mil años y estaba dedicada al emperador Tiberio. Tiberio sabía que lo detestaban, pero le daba igual. 'Oderint, dum probent': que me odien con tal de que me respeten . Después hizo algo muy moderno: se marchó. Eligió Capri, donde (escribió Suetonio) «abandonó el cuidado del gobierno». Mientras César disfrutaba del retiro, los partos ocuparon Armenia, dacios y sármatas devastaron Mesia y los germanos asolaron las Galias. En aquel entonces hacían falta barcos y hogueras para fingir que el emperador controlaba las fronteras desde una isla. Ahora basta una camisa blanca y un portátil; porque hoy no tenemos sármatas, pero tenemos Ceuta, y Ceuta sigue ahí: frontera de España y Europa, con Marruecos al otro lado y un terrible problema que no desaparece porque agosto haya terminado. Cuenta Suetonio que alrededor del César se levanta una férrea corte. Ministros que aplauden y asesores que traducen la realidad llamando liderazgo a la supervivencia y estrategia a no moverse del sillón. El poder fabrica una isla mucho antes de que aparezca el mar. Lo extraordinario es que Tiberio era prisionero de la suya. El hombre que había conseguido que Roma entera le tuviera miedo acabó muerto de miedo él mismo. En Capri mantenía naves aparejadas por si tenía que huir. Desde lo alto de una roca oteaba el horizonte esperando las señales que había ordenado disponer para recibir noticias inmediatamente. Sospechaba de todos . Temía conspiraciones, traiciones, revueltas. Ésa es la parte de Suetonio que convendría dejar este septiembre sobre alguna mesa de Moncloa. Y es que ningún gobernante debería confundir durar con gobernar , obediencia con respeto, propaganda con realidad ni haber resistido con haber vencido. Cuando Tiberio murió, Roma salió a la calle gritando con furia: «¡Tiberio al Tíber!». Podían haberlo gritado antes, digo yo. Aunque tampoco conviene entusiasmarse, pues uno nunca sabe lo que viene detrás. En el caso romano, nada más y nada menos que Calígula. Si, el de 'Oderint, dum metuant', que me odien, con tal de que me teman.