El Barça de baloncesto no voló ayer hacia Rusia donde debía jugar, en dos días, encuentros ante el Zenit y el CSKA. La expedición estaba ya en el aeropuerto y no tomó riesgos innecesarios. Sabia medida que habla bien del Club y de una Euroliga que no puede quedar al margen de las durísimas sanciones que la Unión Europea ha aplicado ya a Rusia después de que
Putin ordenase la invasión de Ucrania. En el mismo sentido, la UEFA decidirá hoy que la final de la Champions, que debía disputarse el 28 de mayo en el Estadio Krestovski de San Petersburgo, no puede ni debe jugarse en territorio ruso. Habrá, pues, que buscar una alternativa. Y, ahí, el nuevo Wembley vuelve a aparecer como el estadio comodín, preparado para eventos futbolísticos de esta magnitud. Ahí el Barça se proclamó campeón en 2011, el Bayern ganó en 2013, y el estadio londinense ya tiene asignada la final de 2024. Hasta hace dos días, la UEFA negaba la posibilidad de cambiar la sede de la final. Hoy, sin embargo, con la guerra ya en marcha, no tendrá más remedio que dar marcha atrás para no hacerse cómplice de la vergüenza bélica más grave del siglo XXI. Wembley y Londres estarán a punto. Pero Barcelona, también. ¿Y por qué no el Camp Nou? Capacidad para 90.000 personas, sobrada experiencia en partidos de alto riesgo y, seguramente, el último encuentro del estadio justo antes de empezar las obras. Tras 65 años de vida, ¿no sería bonito ver a
Messi o
Guardiola levantando una Champions en su casa?
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