Liderar sin crecimiento: el reto del 2026
En ocasiones, el éxito nos acostumbra a imaginar el liderazgo como una carrera que siempre va para adelante. Las condiciones reales de la economía suelen matizar esa idea y 2026 podría representar para algunas compañías un periodo de avance moderado o incluso de retroceso temporal.
A veces parece que la única validación proviene de abrir líneas de negocio, aumentar ventas o conquistar mercados. Cuando el entorno se complica, surgen dudas sobre la estrategia, la fuerza del equipo o la capacidad de innovación. En muchos casos la explicación es más sencilla. El ciclo económico afloja el paso y la empresa requiere que su liderazgo aprenda a moverse con soltura dentro de ese nuevo escenario.
En años así, el riesgo mayor son las decisiones impulsivas, como hacer recortes repentinos, fijar metas desproporcionadas que buscan compensar el estancamiento o proyectos demasiado ambiciosos que terminan drenando energía y liquidez.
Estas medidas suelen nacer con la intención de corregir el rumbo, aunque a veces producen el efecto opuesto. He visto compañías sanas entrar en espirales de desgaste por ejecutar recortes sin un análisis profundo o por cubrir la gravedad del momento con discursos excesivamente optimistas.
En un artículo reciente del Harvard Business Review se advierte que los ajustes sin criterio dejan a la empresa frágil. Esta observación cuestiona la vieja costumbre de “apretarse el cinturón” como respuesta inmediata. Los líderes maduros reconocen el valor de la eficiencia y también entienden que ciertas reducciones erosionan la estructura. En ocasiones conviene preservar actividades esenciales, cuidar al talento clave y sostener la confianza de clientes y colaboradores.
Por esa razón la estabilidad se vuelve una estrategia legítima en ciclos lentos. Implica mantener lo construido con disciplina y evitar que la prisa descomponga avances que costaron años.
El talento adquiere un peso distinto en entornos de bajo crecimiento. En épocas de bonanza los errores se diluyen entre los buenos resultados. Cuando el avance se detiene, cada decisión tiene un impacto mayor y la calidad del equipo marca diferencias profundas. Proteger a quienes sostienen la operación y reasignar funciones con inteligencia genera más valor que cualquier recorte precipitado.
En este escenario, el acompañamiento directivo cobra relevancia. Un coach no dicta estrategias, aunque sí ayuda a ordenar la perspectiva para que el líder actúe desde la claridad y se aleje del miedo. En momentos de desaceleración aparecen dudas existenciales y la tentación de simplificar los problemas en exceso.
El coaching ofrece distancia emocional, apoya a construir escenarios más realistas y funciona como un espacio para revisar las narrativas internas que dan forma a las decisiones.
El 2026 quizá no traiga conquistas espectaculares para algunos, pero sí brinda la oportunidad de tomar decisiones inteligentes.
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