La vida de Rosa López dio un giro radical en 2001, cuando cruzó por primera vez la pasarela de Operación Triunfo. Aquel momento no solo la convirtió en la ganadora de la edición más recordada del programa, sino en un fenómeno social que marcó a toda una generación. Sin embargo, detrás de la voz poderosa y del éxito inmediato, había una historia previa que la cantante nunca ha querido borrar: la de una infancia humilde en Granada , atravesada por la escasez económica y sostenida por una familia que nunca dejó de luchar. Desde sus primeras entrevistas, Rosa ha hablado con naturalidad de sus orígenes. No como un relato edulcorado ni como un ejercicio de nostalgia, sino como una parte esencial de quien es. Una etapa marcada por las carencias materiales, pero también por una estructura familiar sólida, donde cada uno hacía lo que podía para salir adelante. «Mi madre era muy exigente, sobre todo conmigo», recordaba en una entrevista concedida a 'XL Semanal' en 2017. «He sido muy feliz, pero con muchas carencias. Aunque las cosas realmente importantes nunca me faltaron». La falta de recursos obligaba a la familia a improvisar soluciones constantes. «Si no había de comer, no importaba. A veces venían mis primos a casa para traernos lo necesario o hacíamos lo que fuera para conseguir algo…», confesaba. Rosa empezó a colaborar muy pronto. Con apenas 13 años, acompañaba a su tío a cantar en bodas, bautizos y comuniones. Unos años después, ya siendo adolescente, se sumó a los esfuerzos de su padre, Eduardo López, al que siempre ha definido como un auténtico «buscavidas». «Mi padre ha hecho de todo: arar el campo, ser monaguillo, pedir en la calle… Yo, con 16 años, lo acompañaba a pedir dinero », relató sin rodeos. Ese retrato familiar volvió a aparecer con fuerza durante su entrevista con Jordi Évole hace un año, donde Rosa profundizó en la figura de su fallecido padre. Contó que sus «vacaciones» consistían en pasar los días entre sacos de cemento y hormigoneras prestadas, ayudándole a arreglar casas que luego intentaba vender para sacar algo de dinero. «Compraba casas, las echaba abajo, las arreglaba y las vendía. Así nos mantenía», explicó. Hoy, con la perspectiva del tiempo y una carrera consolidada, Rosa López puede mirar atrás sin rencor. Sabe que le faltó dinero, pero también que nunca le faltó lo esencial. Una familia unida, una infancia digna y una historia que sigue contando sin filtros, porque forma parte de su verdad.