El mejor saque de Timotheé Chalamet: un antihéroe en busca del sueño americano y del Oscar
En un extracto de sus memorias publicadas en 1974, aventurando de manera predictiva e involuntaria la configuración de su propio personaje scorsesiano, Marty Reisman dejó escrito que "los jugadores de tenis de mesa tienen que sobrevivir gracias a su ingenio" y que los mejores en este deporte eran profesionales o contrabandistas. Timotheé Chalamet, con su menuda, efébica y angulosa belleza gala como recién sacada de un fotograma de Rohmer o una pintura prerrafaelita, no tiene una arquitectura física especialmente dotada para meterse en la piel de estos últimos, pero sí el talento suficiente como para encarnar a uno de los primeros. Y, sin embargo, en su nuevo trabajo como protagonista de la excitante y vivísima "Marty Supreme", consigue hibridar de manera extraordinaria lo mejor de ambos escenarios: el virtuosismo deportivo de competición y la golfería callejera y superviviente nacida en los laberínticos empedrados del Lower East Side.
Trastiendas llenas de humo
Electrizada por el compás de una música extemporánea perteneciente a los 80 en donde flotan New Order, Tears For Tears o Alphaville con su intergeneracional "Forever Young" a pesar de estar ambientada en el Nueva York de los 50, la cinta (segunda que dirige en solitario Josh Safdie, el mayor de los hermanos y primera tras la separación de la dupla creativa que formaba junto a Benny) cuenta con nueve nominaciones a los Oscar, siendo la de Chalamet una de las más seguras en las quinielas, y constituye la propuesta más cara hasta el momento de A24, la famosa productora del cine independiente que se encuentra detrás de títulos como "Moonlight", "Vidas pasadas", "La zona de interés" o la propia "The Brutalist", con la que curiosamente "Marty Supreme" comparte en términos narrativos, aún siendo dos marcos completamente diferentes, esa inversión discursiva del relato del sueño americano con supeditación humillante al capital (es decir, bajada literal de pantalones ante al empresario, el rico, el dueño, el que ha ganado antes que tú y necesita recordártelo) incluida.
El trabajo de Safdie, coescrito con Ronald Bronstein –frecuente colaborador de los hermanos–, transita con un ritmo adictivo por la loca y abigarrada persecución de un anhelo por parte de Marty Mauser –personaje inspirado muy libremente en Reisman, jugador judío– que está obsesionado con transformar un deporte ignorado como el tenis de mesa en su particular trampolín personal hacia la gloria. Contextualmente hay que tener en cuenta que en el Nueva York de los 50, el tenis de mesa propició la germinación de una subcultura poblada por conspiradores, genios y marginados demasiado proclive a la configuración de universos cinematográficos únicos tan próximos al antes mencionado Scorsese o espacios y texturas que recuerdan de manera inevitable –aunque no hablemos de la misma época– a los grandes edificios encorsetados de gente y atestados de vida, ruido, gritos, violencia, sábanas tendidas, puertas que se abren sin llaves, persecuciones y olor a comida de "Érase una vez en América", en donde los niños de 13 años esperaban sentados en las escaleras de los portales a que la vecina de la que estaban enamorados o simplemente les despertaba un calor iniciático en el cuerpo, indujera su pérdida de virginidad a cambio de un pequeño pastel de nata.
El tenis de mesa, decíamos, se jugaba en trastiendas llenas de humo, fiestas en áticos, centros YMCA (espacios comunitarios que brindaban alojamiento asequible a trabajadores y recién llegados), residencias universitarias de la Ivy League y edificios de vecindad del centro habilitados. Era rápido, feroz y completamente ignorado por la corriente dominante. Fue olfateando entre estos marginados, estos adultos que faltaban a clase, donde Safdie y Bronstein encontraron un nuevo cauce para estirar su amor persistente por los personajes imperfectos y la construcción de mundos tan poco ortodoxos (la escena de la bañera o la icónica intervención de Abel Ferrara como dueño mafioso de un perro perdido ejemplifica bien esto y merece mención aparte). "Quienes destacaban en el tenis de mesa solían ser personas que no encajaban en ningún otro sitio. No era un deporte respetado, así que, de forma natural, atraía a raros, puristas, obsesivos. Cuando leí que llenaba estadios en Reino Unido y en toda Europa comprendí que era perfectamente plausible que un chico en 1952 creyera de verdad que podía convertir ese juego en una vida de fama y gloria", señalaba recientemente el director.
Dentro de las tramas -también las que arman la carcasa de una vida sentimental tan paradójica como irreflexiva en la que una revitalizada Gwyneth Paltrow brilla como actriz mecenas del Hollywood dorado- que suceden alrededor de una película en la que todo el rato están pasando cosas, el carácter exasperante, tramposo y éticamente cuestionable de Marty, lejos de aproximarte al desarrollo de una comprensible antipatía acaba obligándote como espectador sobreestimulado a rendirte ante la mezquindad de sus encantos de buscavidas e incluso a comprar ciegamente el discurso de un joven movido por la necesidad de clase que se rebela contra el sistema y que, como todos a su alrededor en el Nueva York de aquella época, hace lo que puede con lo que tiene para hacerse con su parte proporcional del premio.
Este escuálido y en ocasiones entrañable verso libre de los circuitos clandestinos que se aleja de la estructura del mito para abrazar por completo la del antihéroe, está salpicado por esa suerte de impermanencia idiosincrática judía, de una asunción del nomadismo que le obliga a estar en alerta, a familiarizarse con la idea de que si tiene que salir corriendo, lo hará lo suficientemente rápido como para pasarse los 149 minutos de metraje sumido en la vertiginosa búsqueda de un sueño que en ocasiones se antoja más grande que su propia ambición. Safdie no se queda únicamente en la superficie complaciente de mostrarte los logros conseguidos por un tipo que es el mejor en lo suyo, sino que a través de un escaparate transparentado perfecto de secundarios de lujo (el novelista David Mamet, el diseñador de moda Isaac Mizrahi, el rapero Tyler the Creator o el propio Ferrara) dibuja el corazón de una sociedad enferma y violenta advirtiéndonos de que el camino recorrido por este jugador de tenis de mesa es, al cabo, el mismo que ha diseñado América y ambos se sustentan en el autoengaño.
"I move with the movement and... I have the touch" ("Me muevo con el movimiento...y tengo el toque"), canta Peter Gabriel en una de esas canciones ochenteras que aparecen en la película como una inyección de reposición de la modernidad capitalista que triunfó en Estados Unidos entonces y a la que Safdie se refería en una entrevista de esta manera: "Los 80 fueron la primera era posmoderna y la más duradera. Fue el último movimiento verdaderamente moderno. Actualmente caminas por ahí y escuchas música de los 80 todo el tiempo. Lo que está sucediendo ahora, debido a ese efecto de recuperación de los 80, es que el sueño americano –ese cuyo alcance se refleja en la película– está cogido con pinzas. Y podría ser aún más difícil de alcanzar". Todo será cuestión de colocar bien la pala. O, como Marty, guiñarle un ojo al rival para que sea él quien falle primero.
