Uclés como síntoma
Uclés es un síntoma. Su decisión de no participar en el encuentro organizado por Reverte la interpreto más como parte del papel que, al parecer, desde hace años representa que a razones ideológicas. Pero la justificación que ha hecho me parece suficientemente grave: revela el clima sectario y hostil al que nos llevan ciertas ideologías.
Claro es que tendríamos que estar curados de espanto si estudiamos la historia del totalitarismo de izquierdas. Pero Uclés no puede ser marxista porque hoy quedan pocos; es un posmoderno, un influencer metido a escritor, un personaje público al que le importa sobre todo que lo inviten a suculentos bolos que la consagración a la literatura.
Como profesor de derecho, no solo me parece desafortunado su discurso para evitar ir a un seminario bastante plural sobre la Guerra Civil. Es absurdo y frivoliza con algo tan serio como la protección jurídica. Pone de manifiesto el odio visceral de la izquierda posmoderna por quien piensa y vive de modo diferente.
Y es que Uclés afirma que Aznar o Espinosa de los Monteros han “quebrado” su derecho a existir. Si se analiza bien, eso supone equipararlos con quienes, por ejemplo, llevaban a los rusos blancos o a los disidentes a Siberia. No sé, en realidad, lo que ha hecho el expresidente o el exparlamentario de Vox contra Uclés o si han coincidido en algún momento con él.
¿Le han herido? ¿Han intentado asesinarlo? ¿Lo han desposeído de su propiedad? Dudo que sea esto último porque al parecer no se puede permitir contar un techo. Simplemente, lo que Uclés quiere decir que se ha sentido ofendido por cómo piensan, aunque no haya conversado nunca con ellos.
El tono que emplea Uclés es tranquilón, aparentemente humilde. Sin embargo, revela un odio ideológico casi animal, un odio suscitado precisamente por la mera existencia del otro. Y eso es lo grave.
Las declaraciones de Uclés muestran la inclinación guerracivilista del discurso público. Y es especialmente inquietante que, con independencia de la simpatía que uno sienta por Aznar o Espinosa de los Monteros, gran parte de la izquierda de este país olvide la conformación pacifista y el encuentro propiciado por el espíritu de la Transición.
Marco Rubio ha recordado lo que hicieron Suárez, Fernández Miranda o Juan Carlos por tejer acuerdos integradores. Y ha señalado que, para Venezuela, lo sucedido tras la muerte de Franco puede ayudar a bosquejar una hoja de ruta para el país que ha conseguido desprenderse de Maduro.
Uclés desea retrotraerse al 36. Se opone a pensar en la guerra como una contienda en la que todos perdimos, del mismo modo que seguramente se negará a ver la Transición como el momento en que todos ganamos. Con ello muestra que no quiere cerrar las heridas, sino abrirlas de nuevo y producir más dolor.
Mark Lilla ha señalado que el inconveniente principal del populismo posmoderno es que desvanece la posibilidad de construir un nosotros cívico. Al negarse a debatir con Aznar o Espinosa, Uclés no revela tanto su escrúpulo o sensibilidad moral como su desconfianza hacia el valor de la palabra para propiciar un estrechamiento de manos o un acercamiento entre contendientes. ¿No es algo paradójico en alguien que, como él, se gana las lentejas escribiendo?
En cualquier caso, las declaraciones de Uclés no deberían sorprendernos. Ya apuntaba maneras cuando se presentó ante Ayuso, como si el problema de la vivienda se solucionara a golpe de subvenciones. Él -artista- está acostumbrado a recibirlas, sin darse cuenta de que han sido los empresarios que tributan, los trabajadores que pagan impuestos y los pobres consumidores quienes han hecho posible que se dedicara a escribir años y años su gran novela.
Uclés vendió 300.000 ejemplares con el libro publicado por Siruela. Lo que gane ahora tras el Nadal seguramente le permitirá vivir unos cuantos años, aunque ha comentado que le preocupa el sistema impositivo previsto en España para quienes, como él, se dedican al campo sagrado de las letras. Pero este antisistema se ha introducido ya en el circuito y forma parte de la clase intelectual.
La generación de Uclés no ha vivido la Guerra Civil. El perdón entre unos y otros, el pacto por olvidar las laceraciones y el resentimiento han posibilitado que los descendientes de nacionales y republicanos pudieran jugar juntos al fútbol en el patio del colegio o compartir oficina. Las declaraciones de Uclés no solo son sectarias, falaces e injustas; constituyen además un motor que regenera viejos y siniestros resentimientos.
