De ultraizquierda y ultraderecha
Las etiquetas políticas tradicionales, como la izquierda y la derecha, han perdido el sentido que tenían en los siglos XIX y XX. En específico, la etiqueta posicional –los que están de un lado y del otro – viene de los Estados Generales franceses, cuando Luis XVI los llama para hacer una reforma profunda al Estado francés, proceso que culminó en la violencia de la Revolución. Al menos, eso es lo que sabemos. La etiqueta se ha repetido innumerables veces.
Usualmente en la prensa leemos sobre la ultraderecha, y sobre la bondadosa, bien intencionada, moralmente superior izquierda. Enrique Krauze hizo un ensayo en estos días intitulado “Izquierda hemipléjica”. Con la erudición que caracteriza al Dr. Krauze, su explicación es mucho más elegante y completa desde el punto de vista histórico que la mía. Explica que Lenin es de los primeros en declarar la superioridad moral de la izquierda, al mismo tiempo que colgaba del cuello para ejecutarlos, públicamente y con lujo de violencia, a los pequeños propietarios rurales rusos que se oponían a sus reformas de colectivización de la agricultura.
Las acciones de Donald Trump en este primer mes de 2026 han puesto en aprietos a los etiquetadores políticos. Extrae quirúrgicamente al dictador venezolano Maduro, y los gobiernos de izquierda lo condenan, mientras que millones de venezolanos en el exilio y en el propio país, aplauden. Pero, al mismo tiempo, los venezolanos en las redes sociales comentan que en realidad la agenda de Trump y Rubio es la democracia y la liberación de Venezuela, porque Rubio recomendó a María Corina para el premio Nobel de la Paz, cuando todavía era senador. Es decir, en una carta colegiada, colectiva, de recomendación para ese premio, están leyendo que hay una agenda ulterior libertaria que les ayuda y los reivindica. Yo francamente no lo veo, y los queridos venezolanos se enojan cuando uno les dice. Pero, eso les permite mantener la fe en el futuro, y deciden creer eso.
En Estados Unidos, se aprecia una admiración hacia los racistas, eugenésicos, nacionalistas del pasado. El señor Gregory Bovino, excoordinador de ICE en Minneapolis, apareció en conferencia de prensa vestido con un atuendo militar que recordaba a la ropa de soldados nazis. Así lo dibujaron los caricaturistas. A Bovino, quien hace honor a su apellido en inteligencia y actitud de bully, afortunadamente lo destituyeron.
El régimen de Trump es un régimen autoritario protofascista. Tiene ganas de controlarlo todo; según el periódico USA Today ayer, la más reciente ocurrencia es federalizar la organización de las elecciones, que en Estados Unidos se organizan estatalmente. Viniendo de un presidente que sabemos que en su primer período trató de intimidar a funcionarios estatales en Georgia para que le encontraran votos, ese movimiento parece un guiño autoritario.
Los mulás o ayatolas iraníes, también son autoritarios, pero de una vertiente teocrática. Probablemente el Sha también era autoritario, pero no tanto como los islamistas ortodoxos de ese país. También seguramente hay quien describe a Netanyahu, el primer ministro israelí, como autoritario; sus ataques a la Corte Suprema de ese país son un rasgo importante. Pero, no es el nivel de autoritarismo de un Maduro en funciones, o un Erdogan, o un Putin.
Hay una ultraizquierda y una ultraderecha, y ambas son autoritarias, violentas y represivas. El problema de las dictaduras y otras formas de autocracia es precisamente el abuso de poder en contra de la ciudadanía. La democracia es más restrictiva en el uso de la fuerza contra la gente que las autocracias, por eso es la forma más humana y deseable, aunque algunas veces caótica, de gobierno.
La izquierda se extingue como gobierno cuando se le acaba el dinero. Esa parece ser la estrategia trumpista con Cuba: hacerlo todo para que se les acaben los recursos. Finalmente, el régimen cubano es el principal propagandista de un bloqueo que no existía, pero ahora sí existe. Sin embargo, una autocracia en una sociedad económicamente exitosa, como Estados Unidos, es mucho más peligrosa. Es un fuego que no se consume tan rápidamente.
No es difícil llegar a la conclusión de que la forma de gobierno ideal es una república democrática, representativa, en un sistema económico de mercado, con mecanismos para la inclusión y el ascenso social de todos los ciudadanos. Pero, ese ideal está cada vez más lejos de la experiencia en el mundo actual.
