El sentimiento de conexión con el todo, la percepción de la íntima armonía del mundo y la piedad extensiva hacia los seres animados e inanimados solía atribuírsele a santos, místicos o poetas. San Francisco de Asís representa el cálido paradigma de esta familiaridad con toda la creación y sus criaturas. Sin embargo, actualmente, y contra el justificado pesimismo que suscitan algunos desarrollos científicos y tecnológicos, estos mismos avances permiten que la convicción panteísta esté más fundada en evidencias y datos duros. De modo que el sentimiento de conexión con el mundo puede ser, más que una metáfora o un pensamiento mágico, un recurso intelectual viable para ayudar a detener el acelerado proceso de devastación natural y degradación humana. En su libro, Modos de existir. Más allá de la inteligencia humana, (Galaxia Gutenberg, 2025) James Bridle examina muy diversas formas de vida, intelección, relación y percepción que escapan al radar antropomórfico, pero que denotan la prodigiosa pluralidad del mundo. Gracias al avance de la biología o la física nuevos reinos se agregan a los conocidos y trastocan las categorías conocidas. Ahora, donde se veían simples objetos es posible concebir sujetos y darles un nuevo significado e integración. Para ello, dice el autor, hay que escapar al supremacismo y reduccionismo humano y ver en el entorno un devenir colectivo e interconectado que brilla por su intencionalidad e inteligencia.La concepción patriarcal y patrimonialista de la naturaleza no solo es anacrónica, sino peligrosa y tiene al planeta en vilo. Por eso hay que concebir la inteligencia desde diversos ángulos y reconocer sus más heterogéneas manifestaciones. El autor documenta varias de estas inteligencias con ejemplos vívidos y fascinantes (la astucia y picardía de los pulpos, los árboles madre, el oído y memoria de las plantas, el internet de los animales). La familiaridad con la naturaleza o la convivencia con los animales es fundamental en la evolución. Por ejemplo, la ancestral aptitud de muchos cazadores, campesinos o pastores para hablar con las bestias revela un lenguaje interespecies, que tiene una enorme utilidad para la supervivencia (ayuda a localizar presas o detectar predadores, a predecir el clima o aligerar las labores domésticas) y genera un sentimiento de comunidad y pertenencia a la tierra. Esta interacción empática no deja de tener un componente religioso y muchas imágenes como los primates contemplando un arroyo constituyen pequeñas epifanías. A decir de Bridle, la conciencia de las múltiples formas de vida y su interdependencia permitiría encauzar de manera más positiva los desarrollos tecnológicos más inquietantes como la inteligencia artificial. Igualmente, hacer consciente la inmensa red de cooperación que posibilita la existencia permite actualizar y entender de manera más nítida el arrobo franciscano ante “la hermana creación” y su llamado a practicar con ella la más estrecha amistad y reverencia.AQ / MCB