El hombre que sabía esperar mejor que nadie, así es António José Seguro, nuevo presidente de Portugal
António José Seguro quiere ser presidente de la República Portuguesa, pero sin perder las buenas costumbres. Seguirá viviendo en Caldas da Rainha —asegura— aunque admite que «pernoctará en Belém» cuando la agenda lo exija. Nada de mudanzas traumáticas ni delirios palaciegos: dormir sí, instalarse no. Un mensaje que, en tiempos de políticos que confunden el cargo con el domicilio, suena casi revolucionario.
Seguro llega a la carrera presidencial con una biografía que mezcla provincia, paciencia y una perseverancia casi beirã. Nació y creció en Penamacor, en el distrito de Castelo Branco, una de esas localidades donde la palabra todavía pesa más que la letra pequeña. Su madre era ama de casa y su padre pequeño comerciante: primero un café beirão, después una papelería donde también se vendían bombonas de gas. Portugal profundo, de mostrador y saludo firme. Allí aprendió —dice— que «un apretón de manos y la palabra dada valen más que una firma».
Con dos hermanos y espíritu inquieto, llegó incluso a fundar con sus primos un periódico local, A Verdade de Penamacor. No es mal entrenamiento para quien acabaría pasando media vida explicándose ante micrófonos. A comienzos de los años 80 dejó su tierra para ir a Lisboa y estudiar Gestión de Empresas en el ISCTE, iniciando una carrera política precoz y disciplinada. Para amigos y adversarios, siempre fue «Tó Zé».
Seguro escaló rápido. Lideró la Juventud Socialista entre 1990 y 1994 y en 1991 fue elegido diputado. Su estrella empezó a alinearse con la de António Guterres cuando este derrotó a Jorge Sampaio en la pugna interna del PS. Con la caída del cavaquismo en 1995, Seguro entró en el Gobierno como secretario de Estado de la Juventud y más tarde como secretario de Estado Adjunto del primer ministro. En 1999 se marchó a Bruselas como eurodiputado, para regresar a Lisboa en 2001, en una remodelación gubernamental.
Pero el capítulo decisivo llegaría en 2011, en plena tormenta económica. Con el rechazo del PEC IV y el rescate de la Troika, José Sócrates dimite y el PS pierde las legislativas. Es entonces cuando António José Seguro asume el liderazgo del partido. Su estilo, marcado por la moderación, el consenso y los compromisos, le granjea apoyos… y muchos anticuerpos. El episodio de la famosa «abstención violenta, pero constructiva» en un presupuesto del Estado fue contestado incluso dentro de su propio grupo parlamentario.
Y luego está la frase. La frase. «¿Cuál es la prisa?». Pronunciada en enero de 2013, en un pasillo del Parlamento, perseguiría a Seguro como una sombra. Para unos, símbolo de sensatez; para otros, de indecisión crónica. Tras la victoria socialista en las europeas de 2014, António Costa consideró que «sabía a poco» y avanzó para disputarle el liderazgo. Dos días después, el destino de Seguro estaba sellado.
Derrotado en las primarias, se retiró de la primera línea durante casi diez años. Se refugió en Caldas da Rainha, con su mujer, Margarida Maldonado Freitas —farmacéutica, conocida en un congreso de la JS y, según cuentan, amor a primera vista— y sus dos hijos. Cultivó vino y aceite, actividades sobre las que ahora promete decidir «después de las elecciones», porque si es presidente «obviamente tendrá que salir de las empresas», aunque desea que la producción continúe. Presidencial, pero con denominación de origen.
Once años después, Pedro Nuno Santos —exlíder del Partido Socialista— le abre la puerta a Belém. Contra parte de la élite socialista, Seguro lanza su candidatura en junio en un Centro Cultural de Caldas da Rainha abarrotado. Se define como «libre» y «sin ataduras». Deja otra frase para la colección: «Yo no vengo de la política tradicional». Lo dice alguien que fue mucha cosa en el PS, pero que ahora juega la carta del outsider paciente.
Para unos, el mandatario ya no es el «blandengue» de otros tiempos; para otros, simplemente tiene «más requisitos» que sus rivales. Él, por su parte, admite sentir el «peso de la responsabilidad» y confiesa estar «deseoso de servir a su país». Sin prisas, pero sin pausa.
