Doña Laura Fernández, dese su lugar
En medio del realismo mágico que destila hoy la política costarricense, no nos debería extrañar que, a menos de tres meses de (¿asumir?) el poder, la presidenta electa haya retomado su anterior puesto en el gobierno (¿saliente?).
Doña Laura Fernández luce ahora, monda y lironda, el pin que el mandatario, Rodrigo Chaves, le colocó en la solapa, tras nombrarla ministra de la Presidencia. La designación se anunció en un acto público celebrado tres días después de las votaciones.
Tan inédita y surrealista ceremonia no parece casual. Todo lo contrario, parece una investidura cargada de un simbolismo y una obviedad totalmente premeditadas para sugerir quién seguirá mandando en Zapote a partir del próximo 8 de mayo.
El asunto no debiera sorprender si tomamos en cuenta que la propia señora Fernández pregonó durante la campaña electoral que ella representa el continuismo y también dijo que esperaba que Rodrigo Chaves se sienta orgulloso de ella.
Pero, aunque se comprometió con la observancia del credo chavista, la futura gobernante envía una pésima señal al (¿aceptar?) un cargo de subordinación que podría restarle, muy temprano, credibilidad a su capacidad y autonomía para gobernar.
Doña Laura debe darse su lugar y asumir la alta responsabilidad histórica que le confió el 48% de los votantes que acudieron a las urnas. Debe buscar un sello propio e independiente para tomar las mejores decisiones para el país y sus habitantes.
Sin embargo, el pin de “ministro” que hoy ostenta impide imaginarla tomando con independencia decisiones tan elementales como su futuro equipo de ministros, sus primeros decretos ejecutivos o las prioridades para sus primeros cien días de gobierno.
En ese sentido, alegar que el nombramiento de Fernández busca facilitar el proceso de transición resulta inverosímil pues, por lo visto hasta ahora, en este traspaso a puertas cerradas son pocas las cosas que necesitarán transicionarse.
Lo anterior también genera dudas sobre la transparencia con que las autoridades (¿salientes?) rendirán cuentas a las autoridades (¿entrantes?) sobre el estado en que (¿entregarán?) las dependencias públicas.
Ojalá que doña Laura decida darse su lugar y que, al menos, guarde un poco más las apariencias. Así, cuando termine su (¿mandato?), no será necesario dibujarle el pin de ministra en su retrato como expresidenta de la República.
