La presencia de Isaac Herzog en Australia divide a la sociedad y provoca multitudinarias protestas
Australia se blinda mientras se asoma al abismo de la fractura social. Lo que debía ser un viaje de Estado marcado por la solemnidad y el recuerdo a las víctimas del terrorismo en Bondi Beach, se ha visto empañado por una ola de disturbios que ha tomado las calles de Sídney. El presidente israelí Isaac Herzog ha desembarcado en un país donde el orden público pende de un hilo, con una turba de manifestantes que, entre consignas radicales y choques frontales con la policía, han convertido el centro de la metrópoli en un escenario de furia, caos y extrema polarización impropio de una democracia consolidada.
Hay periplos que se diseñan para sanar cicatrices, pero que concluyen operando como un detonante. El dignatario hebreo aterrizó en la isla continente con la misión oficial de consolar a una colectividad judía que todavía padece el trauma del pasado 14 de diciembre ocurrido durante la celebración de Janucá. Ese día, las ráfagas de fuego acribillaron a quince personas —menores, ancianos y sobrevivientes del Holocausto— en un atentado que el primer ministro Anthony Albanese describió como un hito trágico y punto de inflexion. No obstante, la determinación del jefe de Gobierno de acoger a Herzog ha terminado por dinamitar el consenso civil en el territorio.
El bastión de Moriah: la arenga frente al "alud"
La agenda arrancó en el instituto Moriah, núcleo de la identidad israelita en Sídney. Allí, Herzog fue agasajado como un adalid en tiempos de zozobra. Rodeado de enseñas con la estrella de David y alumnos de secundaria, el mandatario aparcó el lenguaje de cancillería para alertar sobre lo que define como un "alud de inquina antijudía" de una agresividad nunca vista en estas latitudes. "Firmes, con la frente en alto y sin retroceder", instó a los jóvenes. Su alocución, cargada de un énfasis que apela a la preservación, fue un alegato férreo del sionismo como valor irrenunciable. Según su visión, existe una "mayoría callada" en Australia que respalda su causa, una fuerza que él opone al "adoctrinamiento metódico" de los sectores más beligerantes.
El informe de la ONU y el dilema de la jurisdicción
Sin embargo, la carga simbólica del encuentro colisiona con la severidad de los organismos internacionales. Sobre el visitante pesa un dictamen de la Comisión de Naciones Unidas de septiembre de 2025, que lo asocia —junto a figuras como Netanyahu y Gallant— con la instigación a actos genocidas en la Franja de Gaza. Se cuestionan sus declaraciones posteriores al 7 de octubre, donde aludió a una corresponsabilidad de la población palestina por las acciones de Hamás.
El experto legal Chris Sidoti, integrante de dicha comisión, ha reclamado su aprehensión. Únicamente la prerrogativa de inmunidad soberana concedida por el Ejecutivo local evita una crisis de derecho internacional sin parangón. "Se desplaza bajo el paraguas del Gobierno", confirman fuentes de alto nivel, mientras el mandatario califica de "ilegitima" cualquier objeción. La situación es más precaria para su colaborador, Doron Almog, máximo responsable de la Agencia Judía, quien carece de salvoconducto diplomático y ya afronta querellas ante la Policía Federal por supuestos crímenes de lesa humanidad.
Un tejido social rasgado
Resulta revelador que el rechazo no emane exclusivamente de grupos propalestinos. El Consejo Judío Australiano, de tendencia aperturista, ha fustigado la estancia como una "puesta en escena" arriesgada. Sostienen que mimetizar los intereses estatales de Jerusalén con la fe religiosa sólo propicia el odio que se pretende erradicar. Centenares de ciudadanos de origen hebreo han suscrito un manifiesto catalogando al mandatario como "persona non grata". Los reportes de incidentes de odio como vandalismo en sinagogas o pintadas extremistas, superan los 3.700 casos en el último bienio, empujando a la comunidad a medidas de protección interna que la administración no consigue mitigar.
Caos en Town Hall: gases lacrimógenos y enfrentamientos
Mientras en los pasillos de Canberra el ambiente es de cautela, en el centro de Sídney la situación es explosiva. El lunes, una multitud estimada en 50.000 individuos por los convocantes desbordó los alrededores del Ayuntamiento. La protesta derivó en choques violentos, con imágenes de agentes empleando gases lacrimógenos y fuerza física en una gresca que dejó 27 arrestos y diez uniformados lesionados. El malestar se ha agudizado tras la difusión de grabaciones que muestran intervenciones policiales durante momentos de oración musulmana. El mandatario regional, Chris Minns, ha respaldado el proceder de las fuerzas de seguridad, mientras figuras como Grace Tame califican la respuesta de "brutalidad injustificada".
El equilibrio de Albanese y el tablero parlamentario
Este escenario sitúa a Anthony Albanese en una posición de gran fragilidad, aunque también de firmeza ante el Legislativo. Según apunta "The Australian", el líder laborista aprovechó la jornada del martes para confrontar las exigencias de los Verdes. Frente a los reclamos de repatriar a Herzog, Albanese se mantuvo impasible. Abogó por un debate equilibrado, reafirmando su apoyo a la coexistencia de dos estados y rechazando que la nación se convierta en una extensión de guerras ajenas.
Con todo, el clima político es un polvorín. Mientras se intenta apaciguar el debate, la Coalición opositora ha sido señalada por no articular un bloque común. Pese a las vacilaciones previas en la lucha contra el odio, el jefe de Gobierno parece resuelto a emplear esta recepción para recomponer el vínculo bilateral y dar amparo moral a los deudos de Bondi.
La unidad australiana, antaño ejemplo de convivencia multicultural, emerge hoy como la principal damnificada de esta diplomacia de alto voltaje.
