El milagro de Lourdes: Así fue la primera aparición de la virgen, que transformó al fe católica
Bajo el frío y la nieve, el febrero de 1858 parecía ser como cualquier otro, al menos en Lourdes, por entonces un pequeño pueblo modesto al pie de los Pirineos con apenas cuatro mil habitantes.
Entre ellos vivía una niña llamada Marie-Bernarde Soubirous, a quien todos conocían como Bernadette. Era la primogénita de una familia muy humilde, profundamente marcada por la pobreza. Su infancia transcurrió entre dificultades y carencias viviendo la mayor parte de su niñez al cuidado de una tía, lejos del hogar familiar. Nunca llegó a aprender a leer ni escribir.
Un día, Bernadette acompañada de su hermana y de una amiga, se dirigieron a la Gruta de Massabielle, al borde del Gave, para recoger ramas secas y algún que otro tronco pequeño para la lumbre. Sin embargo, a la vez que la joven se descalzaba para cruzar el arroyo, oye un ruido como de una ráfaga de viento y levanta la cabeza hacia la Gruta.
"Llevaba un vestido blanco, un velo también de color blanco, un cinturón azul y una rosa amarilla en cada pie." explicaría la joven poco después.
La niña hace la señal de la cruz y reza el rosario con la Señora. Terminada la oración, la Señora se desvanece. Se trata de la primera aparición de la llamada virgen de Lourdes.
Aquella fue la primera de dieciocho visiones que diría haber tenido. Bernadette volvió al lugar muchas veces y la gente empezó a acompañarla.
El transcurso de estas apariciones se extendieron hasta el 16 de julio del mismo año, dónde cada vez Bernadette aseguraba que una joven ataviada con una túnica y un velo se le apareció en la cueva y le confió un mensaje de penitencia.
De acuerdo con el testimonio de la niña, hasta el tercer encuentro no entabló ningún tipo de conversación con aquella misteriosa aparición.
La gruta y el manantial
Su testimonio no estuvo exento de escepticismo pero tampoco de curiosidad; La población local atraídos por el misterio de la gruta, acudió en masa a la Gruta de Massabielle esperando experimentar la misma visión que ella, aunque, históricamente no hubo ningún testigo ocular que la viese aparte de Bernadette.
El 24 de febrero de 1958 más de un centenar de personas presenciaron el supuesto octavo encuentro, en el que Bernadette parecía obedecer los designios de un ser invisible.
Señalada como impostora por la multitud y rodeada de miradas incrédulas, la joven se arrodilló en silencio y, con sus propias manos, comenzó a cavar un pequeño hoyo en la tierra. Ante el asombro de los presentes, de aquel gesto brotó poco después un manantial, cuyas aguas empezaron a fluir con inesperada fuerza.
Pronto, la gente comenzaría a asegurar que el agua que brotaba de aquel fontanal era curativa, atrayendo a grandes multitudes de peregrinos a su alrededor.
Ante este hecho, laboratorios examinaron muestras de este agua, sin contemplar en él ningún tipo de propiedad médica, ya que más allá de su alto contenido en sales minerales (algo normal en una ruta natural), el líquido presentaba una composición normal.
No obstante, está documentado cómo el consumo y la utilización de este agua dio lugar a casos de recuperación inexplicables para la medicina de la época.
Los Interrogatorios y permiso de veneración
Ante las constantes apariciones, las autoridades civiles y eclesiásticas interrogaron exhaustivamente a la niña, quién pese a su analfabetismo y carencias culturales supo contentar a todas sus preguntas con sorprendente exactitud.
No obstante Bernadette continuó ofreciendo una misma versión en los diferentes interrogatorios, dando detalles precisos respecto a los mensajes que la supuesta aparición le pedía que transmitiera, y que ella misma reconocía no comprender.
En su decimosexta aparición, el 25 de marzo de 1858, la virgen reveló a la niña su nombre. "Que soy era Immaculada Councepciou" ("Yo soy la Inmaculada Concepción"). La expresión resultaba ajena al vocabulario de Bernadette y, en principio, fue motivo de desconcierto entre el clero y las autoridades.
El último interrogatorio ante la comisión eclesiástica, presidida por el obispo de Tarbes, Laurence, fue el 1 de diciembre de 1860. El anciano obispo terminó extasiado, al repetir Bernadette el gesto y las palabras que la Virgen hiciera aquel 25 de marzo .
El 18 de enero de 1862, Laurence publicó la carta pastoral con la cual estableció que "la Inmaculada Madre de Dios se ha aparecido verdaderamente a Bernadette".
En ese mismo año, el papa Pío IX autorizó al obispo local permitir la veneración de la Virgen María en Lourdes.
El impacto social de las apariciones de la virgen llevaron a la construcción de un santuario, poniendo así a Lourdes en el centro de peregrinación mundial que ha suscitado gran curiosidad.
Los últimos años de Bernadette
Dos años más tarde, en julio de 1860, Bernadette Soubirous ingresó como enfermera en la congregación de las Hermanas de la Caridad de Nevers. Con el paso del tiempo, abrazó definitivamente la vida religiosa y se integró plenamente en la comunidad, con la que conviviría hasta el final de sus días.
Sin embargo, la vida en el convento no estuvo exenta de dificultades. A pesar de su carácter humilde y bondadoso, fue tratada con notable severidad por algunas de sus superioras. A estas dificultades se sumó el progresivo deterioro de su salud, ya que la joven sufría de frecuentes crisis asmáticas y tenía un tumor óseo en la pierna que la obligó a permanecer largos meses postrada en cama.
Finalmente, el 16 de abril de 1879, Bernadette falleció a los 35 años.
Décadas más tarde, en diciembre de 1933, la Iglesia católica la proclamó santa por mandato del papa Pío XI, reconociendo oficialmente la profunda huella espiritual que dejó su vida.
La peregrinación
De la noche a la mañana, Lourdes se convirtió en destino de peregrinación. En cifras, la consagración de 1876 atrajo 100.000 personas.
En 1958 vinieron seis millones y hoy son unos cinco millones. Desde 1858 hubo curaciones; en 1861 se consideraron 15 de 100 milagrosas.
Hoy en día Lourdes es una de las manifestaciones de fe católica más importantes y concurridas del mundo. Se calcula que cada año, el santuario acoge a más de seis millones de personas, consolidándose como uno de los centros de espiritualidad y sanación más importantes del catolicismo.
