Jesús Fuentes Lázaro fue, como diría Antonio Machado, «en el buen sentido de la palabra, bueno». Y no hay definición más justa ni más hermosa para quien hizo de la decencia una costumbre diaria y del servicio público una vocación auténtica. En una época en la que la firmeza suele confundirse con la dureza, él demostró que la bondad no es debilidad, sino carácter. Primer presidente de Castilla-La Mancha, asumió la responsabilidad de dar forma institucional a una tierra que comenzaba a reconocerse a sí misma. Aquellos años fundacionales exigían serenidad, visión y sentido de Estado y él supo estar a la altura. Fue un dirigente consciente de que la política no consiste en imponerse, sino en construir; no en dividir, sino en vertebrar. Era del PSOE, sí, pero su lealtad más profunda era hacia Castilla-La Mancha y hacia España. Pensaba más allá del calendario electoral. Pensaba en el largo plazo, en la cohesión, en el equilibrio … en el futuro. Quienes tuvimos la fortuna de coincidir con él en los medios de comunicación o en el mundo de la literatura descubrimos algo que iba más allá de su currículo institucional. Descubrimos a un hombre culto, reflexivo, elegante en el trato y en la palabra . Poseía una educación exquisita, de esas que no necesitan exhibirse porque se manifiestan en los pequeños gestos: en cómo escuchaba, en cómo respondía, en cómo sabía disentir sin herir. Nunca elevaba el tono para imponerse ; elevaba el argumento para convencer y, aun cuando discrepaba con firmeza, lo hacía desde el respeto sincero. Era un hombre de gran altura de miras, con una inteligencia templada por la prudencia y una cultura que no servía para deslumbrar, sino para comprender mejor el mundo y a los demás. Conversar con él era un ejercicio de aprendizaje. Había en su presencia una serenidad que hoy se echa de menos en política y en la vida en general. Una forma de estar que transmitía confianza y dignidad. En un tiempo marcado por la crispación y la política de trinchera, Jesús Fuentes representaba el diálogo, la cortesía, el sentido institucional. Defendía sus ideas con convicción, pero nunca convirtió al adversario en enemigo. Esa es la verdadera prueba del hombre de Estado; saber que el pluralismo no es una amenaza, sino una riqueza. Ojalá la política contara hoy con más perfiles como el suyo ; así la vida pública sería entonces más noble, más serena y más respetada por los ciudadanos. Volveríamos a confiar en que quienes nos representan lo hacen por vocación de servicio y no por conveniencia. Esta semana hemos despedimos a una figura esencial en la historia de Castilla-La Mancha, pero también a un referente moral para quienes creemos que la política puede ser noble. Se va un hombre bueno, en el sentido más profundo y exigente de la palabra. Queda su ejemplo, queda su legado y queda el recuerdo de su trato siempre respetuoso, siempre humano. Don Jesús, descanse en paz