Quim Salarich completa por fin el eslalon olímpico, en el nombre del padre... Y de su perrita
El cielo desplegó toda su ira en Bormio. Por eso, por ejemplo, la clasificación de Slopestyle de snow se adelantó al domingo. Pero el eslalon masculino de esquí alpino, no. La prueba se disputó bajo una gran nevada. No es velocidad pura, bajan a unos 50 kilómetros por hora, pero los giros son continuos y las puertas apenas se veían. Era como estar en un túnel con poca visibilidad y muchas curvas. Quim Salarich disputaba sus terceros Juegos Olímpicos y en la parte de arriba de la primera manga cometió un fallo y a punto estuvo de ir al suelo.
En Pyeongchang 2018 era muy joven y no pudo acabar. En Pekín 2022 ya se sentía competitivo y estaba bien posicionado cuando se salió. En Milán-Cortina 2026 estaba más preparado que nunca, y el fantasma de un nuevo DNF («Did Not Finish» [No Finalizó]) apareció, pero el catalán apretó para mantenerse en pie y lograr llegar abajo. El eslalon se convirtió en una carrera de supervivencia. Alcanzar la meta en esa primera manga, sea como fuera, podía tener premio, y Quim lo hizo, para terminar en el puesto 21 y ganarse el derecho a la segunda bajada. Pocos pueden decir lo mismo. Empezaron 96 esquiadores y más de la mitad, 52, se quedaron en el camino. Entre ellos, el brasileño Lucas Pinheiro Braathen, una de las sensaciones de estos Juegos, al ser el primer sudamericano en conseguir una medalla de oro en la gran cita de la nieve. Nació en Noruega, pero desde 2025 compite por el país de su madre. Se impuso en el eslalon gigante. No pudo repetir en el eslalon. Iba con el mejor tiempo, pero se dio un revolcón.
El que mejor se había movido en esas malas condiciones fue el noruego Atle Lie McGrath, subcampeón del mundo. Tomó una buena ventaja, pero no la conservó con la pista ya en mejores condiciones. Porque después de la tempestad, llegó la calma, salió el sol y el noruego lo tenía todo a favor para ser campeón olímpico en la segunda manga. Pero se equivocó en una puerta, y después maldijo. Lanzó los bastones a la nada; bajó un poco más ya sin ellos y saltó la barrera de protección. Se fue andando en mitad de la montaña, con un enfado tremendo; se resbaló, se levantó y siguió. Se tumbó, se quitó los guantes, se levantó las gafas y sólo miraba al cielo, pensando que la gran oportunidad se había escapado. Fue a buscarlo la policía, para que volviera, y allí dejó el casco tirado y regresó a regañadientes. Se cayó de nuevo.
Como suele pasar en el deporte, el pesar de unos es la alegría de otros, porque mientras esto sucedía, el suizo Loic Meillard levantaba los brazos: el oro era para él, escoltado por el austríaco Fabio Gstrein, plata; y por el noruego Henrik Kristoffersen, bronce.
Entre los que sí terminaron la prueba estuvo Richardson Viano, que en Pekín 2022 fue el primer esquiador de Haití en unos Juegos de Invierno. Es su país natal, aunque con tres años fue adoptado por una pareja italo-francesa. Ha repetido en Milán-Cortina y, como fue uno de los supervivientes del temporal, disputó la segunda manga y fue vigésimo noveno.
Pasado el susto, Quim Salarich se lanzó de nuevo para conseguir un gran resultado. España no es Haití en deportes de invierno, pero está lejísimos de ser una potencia. En la segunda bajada fue el decimoquinto más rápido, para concluir en el puesto decimonoveno, el mejor de un español desde hace 24 años, desde Luis Fernández Ochoa en Calgary 1988, donde fue decimoctavo. «Me tenía que quitar la espina y demostrar a todo el mundo que el esquí español puede estar con los mejores», confesó en Eurosport. La espina era acabar por fin la prueba olímpica. Le influyó para ir más tranquilo en la primera manga después del tropezón que salvó, pero no después. «Me daba igual salirme otra vez. Decidí ir a tope y disfrutar. Y lo logré. Estoy satisfecho con mi segunda manga. Obviamente, siempre se pueden hacer las cosas mejor, pero estoy contento», aseguró.
Al entrar en meta lo celebró y miró al cielo. Siempre lo hace, porque con 17 años perdió a su padre, justo en el momento en el que tenía que decidir si apostarlo todo por el esquí e irse a vivir a Suiza. Hace unos meses, la que falleció fue Nala, su perrita, a la que quiso homenajear y por eso en su casco había un dibujo y unas huellas. Quim, que fue el abanderado en Milán-Cortina, tiene 32 años y no descarta intentar ir a por sus cuartos Juegos, en los Alpes franceses, pero con calma. «Bueno, si el cuerpo aguanta, intentaremos estar en 2030. ¿Por qué no? Pero hay que ir partido a partido», afirma.
