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Juan Manuel Fuentes: “La premisa del método tradicional es simple: que el edificio no se caiga”

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Cuando se habla de sismos, la conversación suele quedarse en lo binario: el edificio colapsó o no. Juan Manuel Fuentes, presidente de la Asociación Mexicana de Ingeniería Sísmica, insiste en que esa medición ya no alcanza. 1985 fue, para México, “un antes y un después” que rompió paradigmas del diseño estructural y dejó dos lecciones vigentes: la confianza excesiva en ciertos sistemas y la subestimación de las aceleraciones que puede imponer un evento mayor.

Pero su punto más incómodo llega después: un edificio puede no caerse y, aun así, arruinar la vida cotidiana. La inhabitabilidad, la pérdida de patrimonio y los riesgos sanitarios y sociales aparecen cuando la estructura “sobrevive”, pero deja de servir. Ahí entran el control de aceleraciones y el aislamiento sísmico: tecnologías que no solo buscan resistir, sino seguir funcionando, proteger contenidos y reducir daños. En México avanzan empujadas por reglamentos más estrictos; en Chile, además, ya son argumento de venta.

Para arrancar la conversación, ¿qué significó el sismo de 1985 para México?

—Te contaré lo que he escuchado, porque no lo viví directamente: tenía 5 años y no vivía en Ciudad de México. Pero dentro del gremio es un episodio muy conocido. Fue un antes y un después para la ingeniería y para el desarrollo de proyectos estructurales, sobre todo en vivienda, porque rompió paradigmas que estaban instalados hasta ese momento.

¿Qué cambió, en términos técnicos, después de ese “antes y después”?

—Antes del sismo había ideas distintas sobre cuánto podía deformarse una estructura “sin problema”. Y esa permisividad llevó a que muchos edificios colapsaran en 1985. Un sistema muy usado entonces era el de losas planas sin vigas sobresalientes. Ese tipo de sistema apareció en muchos de los edificios que colapsaron. No es que sea “malo” por definición, pero tiene poca capacidad frente a ciertas demandas de deformación, como quedó expuesto.

Además, no se tenía el conocimiento de que un evento así generaría aceleraciones tan altas como las que generó. Rebasó la expectativa sísmica del diseño de ese momento. Por eso insisto: fue un parteaguas. Esa lección aplica también para nosotros: aceptar que no tenemos certeza de que lo vivido sea lo más fuerte que podemos vivir. Lo que sí queda claro es que con lo que diseñábamos, ya no podíamos seguir igual.

Usted dijo que el sector asegurador es “un aliado”. ¿Por qué lo plantea así?

—El reglamento es un catalizador para que los avances en ingeniería estructural tengan alcance real. Sin reglas, muchas mejoras se quedan en papers o en proyectos aislados. Y lo digo con respeto para nuestros colegas aseguradores: el sector asegurador también puede ser un aliado. Es un negocio, como todos, y busca ingresos, recuperar inversiones y sostener ganancias. El punto es que, si se entiende bien, puede empujar mejores prácticas. La lógica suele venir por “refuerzo negativo”: si haces las cosas mal, te castigo.

A nivel mundial se ha entendido así: que el sector asegurador no pierda, que mantenga su línea de ganancias y recupere inversiones. Desde el punto de vista financiero, es un sector muy importante. En Guatemala dicen que es de los que más crece; en México ocurre algo similar. Entonces, si buscamos un ganar-ganar, podemos apalancarnos para que proyectos de investigación exitosos se promuevan y se adopten.

¿Qué buscaría el asegurador, en concreto, con ese enfoque?

—Básicamente, no aumentar el costo de pérdidas que ya tiene. Y diferenciar: mantener un costo para quienes demuestren buen desempeño y asociar un costo más alto a quienes no lo justifiquen. Es orgánico: cuando hay un terremoto, edificios con sistemas de control o con buen funcionamiento pueden quedar exentos de daño o con daños menores, y eso no implica gasto inmediato para el asegurador. En cambio, edificios sin sistemas de control, o que no prueben un buen comportamiento, pueden generar gasto inmediato. Eso es un problema para el asegurador.

En algún momento mencionó que “proteger la vida no significa conservar el edificio”, ¿puede ampliar esa idea?

—La vida es un concepto holístico. Si te cae un cielo falso, si te cae parte de una losa, si en el peor caso falleces, entonces el edificio no sirvió para proteger la vida humana. Pero también está el otro escenario: un edificio que no colapsa, que no pone en riesgo inmediato la vida, y permite desalojar. Aun así, puede dejarte en una condición de inhabitación. Y eso ya implica riesgos: enfermedades, riesgos sociales, pérdida de patrimonio.

En México, en 2017, hubo gente que perdió su patrimonio no necesariamente por el colapso, sino porque ya no pudo regresar a su edificio. Y ahí se pierde mucho más que “concreto”: se pierde operación, bienes, recuerdos, familia, cobijo. Todo eso, aunque no te mate de inmediato, degrada tu nivel de vida y puede volverse un riesgo real. Hubo gente que tenía que dormir en la calle. Dormir en la calle implica no tener acceso a agua corriente, generar enfermedades, estar expuesto a asaltos, a riesgos a los que normalmente no estás expuesto cuando estás resguardado.

Entonces, aunque no colapse, ¿igual puede ser un problema?

—Sí. Con métodos tradicionales, una estructura puede no colapsarse, pero dañarse fuertemente. La premisa clásica es “que no se caiga”, pero puede quedar muy dañada, y el reglamento lo permite: que no colapse, aunque se dañe. Por eso uso una comparación simple: es como comprar un auto sin bolsas de aire, sin frenos ABS, sin seguros automáticos, versus uno un poco más caro con esos sistemas. Es similar: el objetivo no es solo “sobrevivir”, sino reducir el daño y mantener funcionalidad.

¿Y ahí entran el aislamiento sísmico y el control de aceleraciones?

—Exacto. El aislamiento no solo busca mejor comportamiento estructural, también protege lo que está adentro. Hay un tema poco conocido: el control de aceleraciones dentro de la estructura. Tienes dos grandes componentes: por un lado, elementos como particiones, muros divisores, cielos rasos; por otro, los contenidos: el mueble donde estás sentado, la mesa, el librero, etc. El control de aceleraciones busca evitar que esos contenidos, que no están sujetos, se muevan y peguen por todos lados.

Hoy se ve incluso una tendencia, por ejemplo en Ciudad de México, de piscinas en la parte más alta del edificio. En un edificio normal se siente como un “latido”: arriba se mueve más. Hay un video del sismo del 3 de enero (2026) donde se ve el agua saliendo por ese movimiento. Lo que logra el aislamiento es controlar ese “latido”, disminuir aceleraciones de manera importante y proteger. Que el mueble no salga disparado, que no termine en otro departamento… o encima de ti. La idea es que el espacio siga siendo funcional después del evento. Además, ayuda a evitar que deformaciones rompan vidrios. Y eso, a diferencia de otras filosofías, no se logra tan fácilmente.

En México, ¿ya es común esta tecnología en edificios?

—Son pocos, pero cada vez hay más. Es tendencia, sobre todo porque el reglamento se volvió muy estricto y casi está obligando a utilizar estos dispositivos. Y eso deja un beneficio social enorme: espacios más habitables y más resilientes. Como latinoamericanos, solemos ser correctivos, no previsivos. Entonces, aunque sea por obligación, el efecto es valioso. También hay un beneficio para el gobierno: edificios con sistemas de control no generan el mismo nivel de crisis operativa. No hay que cerrar calles, desalojar masivamente, interrumpir tanto la vida urbana. Es productividad, y en ese sentido es un “regalo” para el Estado.

En Chile, tengo entendido que se usa como argumento de venta. ¿Por qué allá sí?

—En Chile hay una educación sobre aislamiento sísmico superior al resto de Latinoamérica. No como Japón, por ejemplo, pero sí suficiente para que un comprador promedio entienda que, si el edificio tiene un sistema de control —aislamiento, amortiguadores u otro— su inversión queda más asegurada. Eso genera confianza. Entonces, muchos desarrolladores lo ponen como parte del “título” del proyecto y la inversión se mueve. Si no lo hacen, no lo hacen: el mercado lo castiga o lo premia.

Y mencionó un incentivo en Italia, “Sisma Bonus”. ¿Cuál es la lógica detrás?

—Es un tema orgánico, pero con inteligencia administrativa. Están influenciados por experiencias duras: tuvieron un sismo que prácticamente destruyó una ciudad completa y las consecuencias económicas fueron devastadoras para la región. Entonces el gobierno analiza: si esto nos pega al PIB, si nos baja el “valor país”, ¿qué hacemos para evitarlo? La respuesta es infraestructura resiliente para que no haya pérdidas así. En Latinoamérica no hemos llegado al mismo nivel de comprensión por dos razones que se repiten: políticos que no escuchan y técnicos que no logran acercarse o comunicarse con el gobierno de forma efectiva. Pero si lo piensas en frío, es casi orgánico que el Estado apueste por estas tecnologías: es inversión de largo plazo para no gastar recursos —que además no tiene— cuando ocurra un terremoto.

Para cerrar, usted decía que las normativas no se “replican” tal cual, sino que se adaptan. ¿Qué está pasando en la región?

—Se está tomando una referencia sólida —normas de EE. UU. o de Europa— y se está adaptando al contexto latinoamericano. ¿Por qué? Porque hay cosas que por incapacidad financiera, como sociedad, no podemos hacer igual. Entonces se aterrizan de manera segura para que funcionen acá. Un ejemplo claro son las pruebas de laboratorio para aisladores sísmicos: hay exigencias altas, y se busca mantener el mismo nivel de confiabilidad, pero encontrando caminos que no impliquen exactamente el mismo número de pruebas que pide la UE o EE. UU., porque eso cuesta. Y eso va a seguir pasando: el latinoamericano suele tomar una herramienta y hacerla servir para todo, mientras en países muy desarrollados hay una herramienta para cada cosa. En esa lógica, estas adaptaciones pueden incluso “rebotar” de vuelta hacia Europa o EE. UU.

Última: ¿Un ingeniero sísmico vive distinto los temblores? ¿Usted cómo lo vive?

—A veces uno no desearía saber tanto. Porque sí, te preocupas: piensas en la capacidad estructural de la escuela donde están tus hijos, por ejemplo. Y la incertidumbre surge. Por eso te digo: a veces parece mejor vivir en la ignorancia que vivir con ese conocimiento. Sí hay una forma de pensar distinta.







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