Epidemia mundial de miopía: ¿y si las culpables no fueran las pantallas?
La miopía se ha convertido en toda una pandemia propia del siglo XXI. En la actualidad se estima que la padece el 30% de la población mundial. La evolución de su prevalencia es tan alta que se cree que para 2050 la mitad de los habitantes de la tierra serán miopes.
Si a cualquiera de nosotros nos preguntan por las causas de este crecimiento acelerado, es probable que culpemos a las nuevas tecnologías: pasamos demasiado tiempo pegados a una pantalla de ordenador, televisión, teléfono… y eso debe tener consecuencias. Existe un consenso generalizado a la hora de relacionar el uso de esos dispositivos y la pérdida de calidad de visión.
Pero en realidad no hay una evidencia científica directa suficiente para establecer una conclusión tan categórica.
De hecho, investigaciones sugieren que la relación pantalla-miopía debería ser matizada. Investigadores de la Universidad del Estado de Nueva York proponen que la patología puede estar provocada por los hábitos de conducta en lugares cerrados más que por las tecnologías digitales en sí. Pasar periodos muy prolongados en espacios reducidos con poca iluminación reduce la cantidad de luz que llega a nuestra retina y activa los mecanismos propios de la formación de la miopía.
En otras palabras, el auténtico culpable es el tiempo que pasamos en casas, sin recibir la luz clara del sol y sin dedicar momentos suficientes a observar el horizonte, espacios abiertos y objetos lejanos.
La miopía es un defecto visual que dificulta enfocar bien los objetos a larga distancia.
Se conocen factores genéticos que condicionan su aparición y es evidente que de padres miopes es muy probable que nazcan hijos miopes. En algunas poblaciones asiáticas el 90% de los niños terminan padeciendo esta peculiaridad óptica.
Pero los genes no pueden por sí solos ser responsables de una expansión tan brutalmente veloz como la que ha adquirido globalmente esta patología en las últimas décadas. Los autores de esta investigación han tratado de explicar cómo funciona el mecanismo de adquisición de la enfermedad. En espacios abiertos y soleados, la pupila humana se contrae para proteger a la retina del impacto directo de la luz. Cuando estamos en un lugar cerrado o con poca luz y miramos a un objeto cercano, la pupila también reacciona pero en este caso para mejorar la calidad del enfoque. Esto produce cierto desequilibrio en la cantidad de luz que llega a la retina. La miopía es una condición que surge como consecuencia de esa falta de iluminación. Es decir: si la reacción de la pupila está provocada por la luz exterior, se favorece el buen funcionamiento del ojo. Si está provocada por la observación permanente de objetos muy cercanos, es perjudicial.
En un laboratorio se puede simular la miopía en modelos animales mediante mecanismos de deprivación visual o el uso de lentes. En cada uno de los casos, se puede estudiar el camino neuronal que sigue la estimulación visual para generar las imágenes en el cerebro. Mediante este tipo de simulaciones, los científicos han descubierto que las lentes divergentes reducen la iluminación de la retina porque provocan una constricción de la pupila para acomodarse. Esta reducción es aún mayor cuando se observan objetos muy de cerca y todavía más evidente si la visión cercana se prolonga en el tiempo.
Este efecto simula en ratones lo que le pasa al ojo humano cuando permanece periodos muy largos enfocando objetos cercanos. La relación luz, pupila, retina termina generando la deformidad propia del ojo miope.
Si se valida esta teoría con nuevas herramientas experimentales, el hallazgo podría cambiar considerablemente la idea que los oftalmólogos tienen de este mal. Para detener el avance de la epidemia global se podrían establecer diferentes estrategias. La primera, obviamente, educar a la población a pasar más tiempo fuera de casa. Permitir que los niños tengan momentos suficientes a lo largo del día para salir al parque, ver espacios abiertos, pasear por el monte o la playa y recibir la luz diurna. Otras estrategias podrían ser mitigadoras. Si la sociedad contemporánea no permite gozar de esos momentos de expansión visual podrían usarse herramientas como lentes multifocales para estar en casa, que pueden compensar los efectos del encierro. Y, por último, en casos extremos, algunas moléculas como la atropina suministrada en gotas se han mostrado eficaces en la prevención de la progresión mediante el bloqueo de algunos músculos implicados en la contracción de la pupila. En cualquier caso los expertos recomiendan prevenir antes que curar. Y en cuestión de miopía, prevenir quiere decir salir más de casa.
