El crudo relato de una madre ante el embarazo de su hija adolescente: ‘Creía que no debía ayudarla, que sintiera el ácido’
A los 40 años, Mónica se imaginaba una vida más pausada. Sus hijos estaban finalizando el colegio y su trabajo iba bien. La vida empezó a complicarse cuando a su celular llegó una fotografía de una prueba de embarazo positiva. Suya jamás podía ser, pensó, y le costó comprender. La enviaba su exesposo, para contarle que una de sus hijas, de 15 años, sería mamá.
Al tiempo que asimilaba la noticia, Mónica se impregnaba de soledad y pesadumbre; una que no la ha abandonado en los más de 10 años en que ha tenido que hacerse cargo de su nieto.
Durante los primeros meses, su hija Valeria y su nieto Osvaldo vivieron bajo su techo. Al pequeño lo bañaba y le cambiaba los pañales, pero la relación madre-hija ya estaba fragmentada desde antes del embarazo.
Los fines de semana, Valeria se fugaba del hogar para evadir los gritos y abusos que Mónica recibía a manos de su otrora esposo. Y en algún momento de esa época, empezó a consumir drogas.
Si bien Mónica solicitó medidas de coadyuda para la crianza de Valeria a un juzgado de familia, que incluían dopings constantes y el apoyo de trabajadores sociales y psicólogos, estas no resultaron tan efectivas. A los meses quedó embarazada y desertó del colegio.
Ya cuando Osvaldo caminaba, volvió a consumir sustancias ilícitas. La dinámica familiar se complicó aún más.
“Yo creía que a las personas adictas hay que dejarlas caer, que sientan ‘el ácido’”, justifica Mónica al contar por qué “sacó” a Valeria de su hogar.
“No obstante, hay un riesgo muy alto en esto, y es que a veces no caen o se pueden llevar en banda a alguien, como ocurrió con mi nieto”, cuenta arrepentida.
Cuando Valeria “iba en caída libre”, según relata Mónica, decidió pedir la custodia de Osvaldo. Se la concedieron, y desde entonces lleva al pequeño al kínder y lo chinea como cualquier otra abuela. La diferencia, quizás, es que esto se imaginaba hacerlo acompañada y cuando más canas ataviaran su cabello.
“Una lo hace por amor. Si no fuera así, estaría en el PANI, en un albergue”, dice.
El valor de una red de apoyo
La segunda ronda de crianza que Mónica ha liderado no ha sido sencilla. La situación se agravió cuando, a los tres años de que naciera el segundo hijo de Valeria (ya siendo mayor de edad), la joven fue encarcelada por asociación ilícita de drogas.
Por lo pronto, mientras cumple su condena que todavía no tiene fecha de caducidad, Mónica vive un duelo por no poder verla tan seguido como le gustaría; no ayuda que cuando lo logra, ella está tras las rejas.
En suma, esta abuela por “imposición” debe sortear la compra del diario cada semana, ya que no recibe ingresos fijos, pues trabaja en consultorías que a veces surgen y a veces no.
Según la investigación Abuelas antes de lo esperado: cambios, participación en la crianza y relaciones intergeneracionales, de la Universidad Pontificia Bolivariana de Colombia, asumir este rol con los nietos implica que mujeres como Mónica abandonen sus proyectos de vida en lo personal, social y familiar.
“El haber sido abuelas jóvenes impactó su ser como mujer, les trajo recuerdos dado que ellas asumieron el rol de madres en una etapa temprana de sus vidas y ahora sentían que no estaban preparadas para ser abuelas tan pronto porque pensaban que era un asunto de personas mayores”, apunta el estudio.
Empero, con el paso del tiempo, Mónica reconoce la dicha de haber conocido a otras mujeres en su misma situación, que la han apoyado en comprender cómo se puede romper con la violencia intrafamiliar
“Yo en mi mente decía: ‘No tengo que ayudarla, porque si se metió en esto, tiene que salir sola’. Ahora estoy clarísima de que una mujer no puede salir sola. Menos si todavía tiene que formarse en educación y que salir a trabajar”, asegura.
Lo positivo al mirar hacia atrás, añade, es que sus vínculos sanaron. Hoy se lleva bien con su hija, se separó de un matrimonio abusivo y mantiene una sólida red de apoyo.
Los pequeños, a pesar de que no ven a su madre a diario, no la resienten por su ausencia; al contrario, la “adoran”. Mónica no les oculta los motivos de su encarcelamiento, sino que les explica por qué y cómo surgieron.
Pronto, espera el reencuentro de su familia: Valeria viendo a sus hijos crecer y ella, como abuela, ayudando a otras mujeres a salir de relaciones dañinas.
“Yo en mi mente decía: ‘No tengo que ayudarla, porque si se metió en esto, tiene que salir sola’. Ahora estoy clarísima de que una mujer no puede salir sola. Menos si todavía tiene que formarse en educación y que salir a trabajar”.
