Decía un aforismo clásico que lo que no se conoce, no se ama. Un postmoderno apuntaría que lo que no se siente, no se ama. Según la antropología tradicional, las potencias del alma son memoria, inteligencia y voluntad. Hoy tendríamos que añadir una nueva, el deseo, que se ha comido a la voluntad, en la que antes se encuadrada. Si por algo se caracteriza nuestro presente es por la primacía del emotivismo que según el filósofo, primero marxista y después católico, Alasdair McIntyre, es el marco conceptual dominante en el análisis ético de los conflictos personales y sociales. Esta semana los obispos españoles miembros de la Comisión Doctrinal, una Comisión que antes se dedicaba a poner a los teólogos en su sitio y últimamente se prodigaba poco, han hecho público un significativo documento en el que, entre otras cuestiones, constatan un renacer de la fe cristiana en los jóvenes españoles de la llamada generación Z. Pero alertan del «riesgo de un reduccionismo «emotivista» de la fe, que lleva a las personas «a convertirse en consumidores de experiencias de impacto y buscadores insaciables de la complacencia del sentimiento espiritual». Los obispos no ofrecen nombres en su texto «a quien corresponda». Hay quien interpretó que estamos ante un aviso para navegantes a Hakuna, Effetá, Emaús, carismáticos, iniciativas de primer anuncio… No sería lógico que los obispos tiraran piedras contra sus propios tejados, ni que renegaran de lo que define al sujeto antropológico actual. No sé si cuando imperaban modelos de propuestas de fe utópicas, humanistas, de transformación social, racionalistas al fin y al cabo, los obispos alertaron de ellas. Que la experiencia de fe se reduzca a un sentimiento, implica un grave riesgo, pero que lo afectivo desaparezca de la experiencia de fe no parece muy real. El equilibrio, en un mundo de confusiones estables, es un ejercicio de malabarismo que pasa por la formación integral. ¿Acaso la religiosidad popular no es emotiva? ¿Acaso no valoramos, en la vía postmoderna, especialmente la propuesta evangelizadora fundada en la estética, el arte, la música, la literatura? ¿No es más eficaz acompañar que señalar?