«Es angustiante correr al refugio día y noche»
Desde hace once días, unos diez millones de israelíes se refugian en diferentes modalidades de zonas protegidas contra misiles y drones suicidas lanzados desde Irán varias veces al día (y noche).
A todos los que tienen un teléfono móvil les suena un timbrazo que no proviene de ninguna aplicación instalada voluntariamente avisando que ha sido lanzado uno o varios proyectiles desde Irán. Los misiles tardan en recorrer los más o menos 2000 kilómetros unos diez o doce minutos, y cuando entran en cielo israelí es cuando suenan las alarmas locales ululantes, que indican que hay más o menos un minuto para entrar en un refugio.
Es entonces cuando se oyen las probables explosiones en el aire de los misiles interceptores haciendo su trabajo en el mejor de los casos, o explosiones sobre tierra en el peor, y, si se está cerca de una batería de lanzamiento, también se oye su tremendo despegue.
“Era una guerra esperada, pero no por ello deja de ser angustiante el tener que correr al refugio tantas veces, de día y de noche”, dice Ruth Cohen, de 41 años, quien vive con su pareja, dos gatos y un perro en un edificio antiguo del centro de Tel Aviv. El refugio al que corren, con el perrito, porque los gatos no se dejan, está tres edificios más abajo en la misma calle. Es una carrera de cuatro minutos aproximadamente. “Por eso salimos cuando suena la alarma del teléfono, no esperamos a las sirenas”.
Las modalidades de refugio son muchas en Israel, según las cifras oficiales en todo el país hay aproximadamente 53.000 refugios comunitarios compartidos que la municipalidad mantiene diseñados para proteger hasta 3.1 millones de personas. En Tel Aviv hay al menos 168 de esos refugios públicos subterráneos que llegan a ser más de 350 si se incluyen espacios en escuelas y edificios públicos.
Desde 1992 una normativa obliga que las viviendas tengan un cuarto seguro dentro de la casa, de modo que los que tienen esa habitación, hecha de cemento, con contraventanas y puerta de acero, no corren a los refugios. En las zonas fronterizas con Gaza, Líbano y Siria hay a cada pocos metros búnkeres portátiles. Sin embargo, no todo el país está cubierto y en particular hay zonas de población árabe desatendida en este sentido. La organización Standing Together, compuesta por árabes y judíos israelíes, recoge en estos días donaciones para la instalación de los refugios de cemento portátiles en comunidades beduinas del sur.
Durante la primera guerra contra Irán en junio de 2024 se habilitaron las estaciones de metro para protegerse, donde los vecinos han instalado colchones para pasar la noche. También hay garajes especialmente construidos como refugios antiaéreos, pero el comando de la retaguardia advierte que no cualquier garaje protege contra misiles y desaconseja que se elija esa opción si no es un garaje protegido.
No obstante, Amal Safuri, cajera en un supermercado del sur de Tel Aviv dice que todos los trabajadores del súper van al garaje colindante porque no hay otra cosa.
Muchos vecinos dejan sus portales abiertos para que en caso de sirena, quien quiera pueda entrar.
Shlomo Katz baja con dos hijos y su novia al refugio subterráneo. “Detesto que la gente esté radiando lo que ve en sus móviles. Mis hijos están muy nerviosos y nada peor que un vecino contando que ha caído un misil no sé dónde y los muertos y heridos”.
“He estado en varios refugios de Jerusalén, donde vivo, y trato de no entablar conversación con los que están allí porque lo más seguro es que acabe discutiendo con los que dicen que no hay palestinos inocentes y que Irán es el eje del mal, que son la mayoría”, explica Shira P, activista pacifista que afirma que sus ideas son consideradas radicales por demasiados israelíes ahora.
Andrea Blanco, quien llegó de México hace 21 años y tiene una hija, cuenta que la primera guerra de Irán le hizo cambiar de opinión con respecto a que criar hijos en Israel era una buena idea. “No me gusta el dicho ese de que lo que no te mata te hace más fuerte y lo mucho que hablan de la resiliencia en Israel. Y, no, no me parece, no creo que esta sea la manera de crecer para ser resiliente, creo que deja más traumas que cosas positivas. Sobrevivimos, sí, pero quedamos maltrechos. Hay muchos adultos que te dicen, ‘yo pasé no sé cuántas guerras y mira, no me pasó nada’. Pero, sí sí le pasó mucho, aunque no esté consciente de ello y esos traumas se manifiestan de diferentes formas”.
