11M: de la infamia al “HODIO”
España es un país que, desnortado, camina en círculos sobre heridas del pasado, esas que, cada vez con más intención, no dejan de sangrar. Ayer 11 de marzo de 2026, sin ir más lejos, nos encontramos en un no casual encuentro, una intersección temporal en la que el pretérito trauma del atentado terrorista y la ingeniería social del presente siniestramente se daban la mano.
Aquel trágico 11M no fue sólo un atentado terrorista, sino la sacudida inicial de un terremoto geopolítico cuyo efecto sísmico logró trasladar las placas tectónicas de una soberanía nacional que, 22 años más tarde, sigue tambaleándose sin solución de continuidad.
Aquella masacre, que –se dice pronto–segó la vida de 192 personas, nos inoculó una notable sobredosis de luto de manera repentina mientras se tejía una ladina reconfiguración total del poder. El producto final de la España que salió de aquel agitado y luctuoso fin de semana de marzo iba a ser el de una nación fracturada, dolida y confusa en la que la verdad se convirtió en la primera víctima colateral gracias al látigo de la manipulación informativa.
Desde entonces, la política española se ha instalado en una permanente y "simbólica guerra civil", intensificada con los impactos de la munición de aquella Ley de Memoria Histórica de finales de 2007 que, si cabe, dio pie a una potencia de fuego superior entre bandos que empezaban a definirse y desenterrar el hacha de guerra de memorias pretéritas. El avispero ya estaba agitado para la tensión que anhelaba Zapatero en su confesión a Iñaki Gabilondo.
Lo que vino después —la retirada de Irak como claudicación ante el impacto emocional, el oxígeno a una agónica ETA y las concesiones a un voraz nacionalismo— no fueron accidentes casuales en el trayecto del primer cuarto de siglo XXI, sino piezas imperfectas y desencajadas de un puzle perfectamente diseñado para deconstruir la unidad y cohesión nacionales, además de estigmatizar nuestra identidad hispana.
Alexander Solzhenitsyn advertía: "Para destruir a un pueblo, primero hay que cortar sus raíces". Y España, desde aquel tenebroso jueves de marzo que se asomaba a la primavera, ha visto cómo sus raíces identitarias eran sistemáticamente podadas por una clase política más atenta a despachos globales, poltronas de poder o puestazos laborales que a plazas de pueblos o barrios de sus ciudades.
Así, resulta circense y artístico que, en medio de este panorama guerracivilista de degradación institucional y corrupción masiva, el presidente Sánchez compareciese –o predicase– ayer con una "homilía" sobre amor y odio en un ejercicio práctico de la técnica de opuestos semánticos que Orwell describió en 1984: la guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza. Ahora, el odio, su "HODIO", es amor; eso sí, rebosante de "afecto" y no exento de su control y supervisión...por tu bien. En términos chestertonianos, la tiranía de la amabilidad.
El anuncio de la herramienta "HODIO" es la culminación de esta farsa. Bajo el pretexto de perseguir los discursos de odio en redes sociales, el gobierno anunciaba su propio y particular Ministerio de la Verdad. Al igual que aquellos "Dos minutos de odio" orwellianos en los que la ira de la furibunda población se redirigía hacia los enemigos del Partido, el sanchismo actual busca objetivos para poner la etiqueta de "odio" a todo aquel y aquello que no comulgue y no se arrodille ante los postulados del puto amo: disidencia, crítica, testimonios, publicaciones o, simplemente, verdades objetivas que sirvan como retrato o recordatorio de las corruptelas que se respiran y asolan los pestilentes pasillos de Moncloa o miembros del gobierno socialista.
Chesterton, con su lucidez habitual, afirmaba que "llegará el día en que será necesario desenvainar una espada para afirmar que el pasto es verde". En la España de 2026, por ejemplo, afirmar que la amnistía es un atropello, definir los decretazos como una muestra dictatorial o aseverar que la gestión gubernamental es errática y una basura comienza a ser catalogado como un síntoma de "odio" que debe ser monitorizado por una herramienta desarrollada por el Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones a través de OBERAXE (Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia) para desterrar a opositores del debate público como, precisamente ayer, le ocurría a Soto Ivars en la puesta de largo del enigmático invento de marras.
"HODIO", para entendernos, no nace como protección al insulto o contra la propagación del bulo o la mentira, sino para presuntamente protegernos de la realidad que, de manera exclusiva, ellos quieren que veas y asumas desde una única perspectiva en la que, por ejemplo, el pensamiento crítico no está invitado. Es el último clavo del ataúd de la Transición, una cortina tecnológica de humo que, entre tantas lagunas y ausencias, pretende ocultar la de la viabilidad de un proyecto de nación. De presupuestos y gestiones eficientes, ni hablamos.
Mientras los españoles han de lidiar con multitud de ejemplos de carestía, inseguridad e incertidumbre en sus apesadumbradas vidas, con viviendas inaccesibles y una fragmentación territorial que convierte la igualdad ante la ley en una quimera, el Gobierno se dedica a virar –aún más– hacia la deriva de España con el timón de la vigilancia del pensamiento de sus nacionales.
No es una cuestión baladí, ni de izquierdas o derechas, sino de libertad individual frente a control y monitorización estatales. El 11M abrió la puerta a una política basada en la gestión del impacto emocional por encima de la gestión de la verdad. Hoy, más de dos décadas después, esa política se ha vuelto algorítmica tras la estocada definitiva a nuestra democracia e intención de voto aquel emocionalmente manipulado fin de semana electoral de 2004.
Si observamos la creciente polarización y la transformación de villanos en héroes con herederos del terrorismo dictando la agenda del Estado, el presente no parece nada halagüeño; más bien, no deja de cursarnos invitaciones a la frustración y la desesperanza en todos los sectores de una población extenuada, sumisa y engañada.
Sin embargo, la mentira tiene una debilidad intrínseca: necesita constante mantenimiento y férrea vigilancia –para eso se crea "HODIO"– para no desmoronarse como los castillos de arena que se derrumban en la playa con la continua embestida de las olas.
La nación española, sin rumbo ni valores según los actuales arquitectos del poder, afortunadamente conserva en sus estratos más profundos una capacidad de resistencia que el Sánchez mesiánico de ayer no puede comprar. La verdad no precisa herramientas estatales para ser vigilada; simplemente basta con su pronunciación e insistencia. Como decía Solzhenitsyn: "Una palabra verdadera pesa más que todo el mundo".
En este triste aniversario de la infamia, el mejor homenaje a las víctimas no es el silencio impuesto y testimonio casualmente dirigido otro 11M por la nueva herramienta gubernamental, sino la exigencia de una España que deje de odiarse a sí misma por decreto ley y sea capaz de, con puro e incondicional amor, recuperar la soberanía de una historia mancillada y manipulada por fútiles intereses ideológicos mientras los hooligans de la opacidad se dedican a poner trabas a la verdad con pomposos y grandilocuentes inventos.
