Comedia francesa, de las alegres y vivarachas (luego están las otras, las comedias francesas tristes), dirigida por Jean-Pierre Ameris y que tiene como elemento catalizador a la actriz Valerie Lemercier, o a su personaje, una mujer insoportable a la que tiene que soportar un hombre sin un gramo de paciencia al que conoce por casualidad en un tren a Ginebra. El hombre es el actor y cantante Gérard Darmon, que encarna a un personaje que podría ser él, un viejo 'crooner' deprimido , solitario y que busca ya la paz de los justos. Aunque uno lo quisiera, la película no le permitirá ni un segundo de aburrimiento, pues la historia se sube a lomos de Valerie Lemercier y sus capacidades (las de su personaje) para sacar de quicio a todo bicho viviente, y más si lo que pretende es llegar sereno a su cita con la muerte. Darmon le presta su voz impresionante a Antoine Toussaint, el ídolo al que todos quieren por su canción 'Mambo italiano' y le presta también, a regañadientes, el poco tiempo que le queda a ella, Victoire, recién salida de la cárcel y a la búsqueda de un poco (en realidad, mucho) de atención. Los enredos tienen gracia, el desarrollo del argumento se dirige claramente a lo entrañable y los dos personajes se van haciendo poco a poco más cercanos, a pesar de que el exceso de energía de ella y el exceso de abulia de él los convierte en lo que se podría llamar unos pelmazos. Pero se impone la comedia y se impone la simpatía, y aunque en la sustancia del argumento está ese asunto en general poco recomendable del suicidio asistido, la película resulta grata, positiva, vitalista y con ese punto de cinismo que burla el drama, los dramas, con un vaso medio lleno de comedia.