El frío
A mí me paraliza. Solo quiero arroparme con mantas y sentir mi aliento hacia dentro de la cama. Recuerdo momentos, fuera de casa y sin posibilidad de encontrar una frazada, de haberme puesto encima del cuerpo hasta las botas. No tengo demasiada grasa, es verdad, otros tienen menos, y menos aún las mujeres ancianas y delgaditas, esas no tienen donde meterse, las pobres. Pero más pobres son los pobres de verdad, los que sufren pobreza energética por falta de trabajo o sueldo precario, y se ven abocados a no poner los radiadores en invierno o el aire fresco en verano. Yo que tengo una economía justita, intento poner los menos calefactores posibles y me encierro en mi estudio a escribir con dos jerséis y calcetines gruesos. Pero las manos, ay, las manos, esas no cazan con guantes, esas no atinan con las teclas, así que, en días helados sufro lo mío. Pero no me quejo, sería ridículo teniendo en cuenta la situación de alrededor de ocho millones de personas en España que viven ateridas porque no pueden pagar la factura de calefacción. ¿Y los niños? ¿Y los jubilados con pensiones mínimas? Para el frio lo mejor es el fuego o el movimiento y hay muchas personitas por aquí que no tienen ninguna de las dos cosas. Ahora menos aún. Porque las guerras provocadas por descerebrados sin alma que deliran por petróleo, están subiendo los precios a cifras desquiciadas; porque, aunque el dinero no da un equilibrio mental, desde luego que calienta en invierno. Los hombres, al tener más musculatura, sufren menos de la crudeza invernal. Los hombres, ciertos hombres, no tienen compasión por los que tienen una inteligencia más grande y una fuerza física menor. Pienso, y desespero, pensando en los que han arrebato la vida o el hogar con sus bombas, el calor con sus neuronas explosivas. ¡Es tan grande la impotencia que se siente! ¡Es tan horrible desear lo que deseo para ellos! Una peste, sí, una peste solo para psicópatas. Y que, por favor, se instaure la primavera.
