Ser o no ser: la sombra de ‘Hamnet’
Durante siglos, la historia ha recordado a quienes sobresalieron. Pero toda vida pública tiene también una parte que queda fuera del relato.
Ese espacio fuera del foco es justamente el territorio que explora Hamnet, la reciente película dirigida por Chloé Zhao, basada en la novela de Maggie O’Farrell. Su intérprete principal ganó el Óscar a mejor actriz por su papel de Agnes.
La historia no se centra en William Shakespeare, sino en Agnes, el nombre que O’Farrell decide dar a Anne Hathaway, la esposa del dramaturgo, y en la vida cotidiana que permanecía en Stratford mientras él perseguía su vocación en Londres.
Durante siglos, la vida cotidiana tuvo un guion bastante claro. En la Inglaterra de Shakespeare, como en gran parte del mundo de entonces, la vida adulta seguía una ruta casi única: matrimonio, hijos y un hogar que debía sostenerse día tras día.
La vocación artística, intelectual o política no existía en el vacío. La mayoría de las veces era posible porque alguien sostenía la vida cotidiana lejos del escenario público.
La historia de Shakespeare no es una excepción. Mientras él trabajaba en los teatros de Londres, a casi cien millas de distancia, en Stratford transcurría la labor doméstica: la crianza de los hijos, la administración del hogar y esa rutina silenciosa que permite que la vida continúe.
Durante siglos, muchas biografías extraordinarias se sostuvieron sobre esa estructura invisible. Mientras algunos nombres se convertían en monumentos culturales, otras vidas –esposas, hijos, familias– quedaban fuera del relato público.
Esa realidad también reflejaba un orden social profundamente desigual. Durante siglos, las mujeres tuvieron un acceso muy limitado a la vida pública, a la educación formal y a las profesiones donde se construían esas trayectorias que luego la historia celebraba. Incluso cuando participaban en esos procesos, su papel quedaba deliberadamente borrado del relato.
Nuevos roles sociales
En las últimas décadas, ese panorama ha cambiado de forma profunda. Las mujeres se han abierto espacio en casi todos los ámbitos de la vida profesional, intelectual y política. Pero ese avance no ha eliminado del todo las tensiones que acompañan a la vocación. En muchos casos, el precio puede ser incluso más alto: el éxito femenino sigue enfrentando resistencias en sociedades donde el peso de las expectativas tradicionales no desaparece fácilmente.
El mundo contemporáneo también ha transformado otras dimensiones de la vida personal. Hoy existen muchas más formas de construir una vida: personas que deciden no tener hijos, parejas que sostienen relaciones a distancia o individuos que organizan su vida alrededor de comunidades afectivas que no necesariamente coinciden con la familia de sangre.
Y a veces ocurre algo todavía más interesante: personas que deciden que su vocación no vale cualquier sacrificio, y que prefieren preservar vínculos, afectos o estabilidad antes que perseguir una idea de éxito que otros consideran irrenunciable.
Y, sin embargo, las preguntas sobre el sacrificio siguen siendo sorprendentemente parecidas.
Este es uno de los hilos que atraviesa Hamnet. No intenta demostrar que la muerte del hijo de Shakespeare dio origen a Hamlet. Lo que hace es imaginar la vida cotidiana que quedó fuera del relato mientras él desarrollaba su obra.
Pero también sugiere algo más inquietante: el precio que pueden pagar quienes rodean a alguien que decide entregarse por completo a su vocación. A veces, ese precio solo se vuelve visible cuando ocurre una tragedia y obliga a mirar atrás. Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿qué se perdió mientras la vida pública avanzaba?
De ahí surge un cuestionamiento más amplio: ¿qué estamos dispuestos a sacrificar por aquello que sentimos como vocación o entendemos como éxito? ¿Y qué nos han enseñado que está bien sacrificar para alcanzarlo?
Hoy, los sacrificios adoptan formas distintas. En algunas ocasiones se trata de renunciar a la estabilidad; en otras, de aceptar la soledad. O de vivir con la sospecha de que la pasión que da sentido a una vida también puede consumirla.
Con el tiempo, queda claro que el problema no es la ambición en sí misma. La vocación, el deseo de hacer algo de la mejor forma, incluso la aspiración al reconocimiento, pueden ser fuerzas profundamente creativas.
Lo difícil es saber dónde poner el límite.
Muchas tragedias de Shakespeare giran precisamente alrededor de esa incapacidad: personajes que no saben detenerse, que no reconocen el momento en que la ambición deja de ser impulso y empieza a convertirse en destrucción.
Casi toda vida intensa exige algún tipo de renuncia.
Lo difícil es descubrir qué no debería sacrificarse.
También llega un momento en que uno comprende otra cosa: hay sacrificios que no deben repetirse. Y que tampoco es sano seguir siendo el sacrificio de la ambición de otros.
Quizás por eso el famoso soliloquio de Hamlet sigue resonando más de cuatro siglos después. No solo porque plantea una duda sobre la vida y la muerte, sino porque nos obliga a mirar nuestras propias decisiones.
Al final, la pregunta no es solo ser o no ser.
Es algo más incómodo y más humano: quién ser y quién no ser.
antonio@sicnetcr.com
Antonio Jiménez es periodista especializado en innovación y contenidos multiplataforma. Fue el cocreador de ‘El Antidebate’, de TDMás. Fundó AmeliaRueda.com y lo dirigió durante 15 años.
