La geopolítica del fútbol
El fútbol no es solamente el deporte rey: es, en rigor, el rey de los deportes y uno de los poquísimos lenguajes verdaderamente universales que existen sobre la faz de la tierra. Entre ellos la música, el arte, las matemáticas, la ciencia, el amor y esa humanidad compartida que nos hermana a los más de ocho mil millones de seres humanos que hoy poblamos el planeta. A su lado, con un alcance emocional que ninguno de los anteriores iguala, el fútbol. No es una boutade, es una constatación rigurosa: cuesta entender el siglo XX, y desde luego el XXI, sin el balón que rueda, sin su pujanza, la intensidad y belleza, su descomunal fuerza sociológica, su capacidad de comunicación y de influencia y su importantísima vertiente económico-financiera.
El fútbol crea iconos universales que sobrepasan cualquier frontera imaginable: la nación, la religión, la raza, la ideología, el nivel social, el nivel cultural e incluso el estado de ánimo. Un niño de Yakarta y un anciano de Montevideo, un banquero de Zúrich y un pastor del Atlas, un cardenal italiano y un ateo militante chino pueden no compartir absolutamente nada —ni lengua, ni religión, ni clase, ni patria— y, sin embargo, emocionarse al unísono ante una jugada sublime o llorar a la vez la muerte de un ídolo. Pocas cosas humanas poseen ese don casi milagroso de crear vínculos y crear puentes.
Y es que el fútbol es, además, el mayor fenómeno mediático y comunicativo de la historia. Baste un dato que me parece extraordinariamente elocuente: las dos comunidades de WhatsApp con más seguidores del planeta —por encima de cualquier marca comercial, de cualquier dirigente político, de cualquier otra organización— no pertenecen a un Estado ni a una multinacional, sino a dos clubes de fútbol, el Real Madrid y el Fútbol Club Barcelona (65 millones y 55 millones de seguidores, respectivamente). De hecho, el Real Madrid y el Barcelona son las dos marcas españolas más reconocidas en el mundo. Quien pretenda comprender los flujos de atención, de emoción y de lealtad que mueven el mundo contemporáneo no puede permitirse ignorar este hecho.
Confesión mediatada
Me confieso, sin el menor rubor, futbolero apasionado —fan incondicional de la Real Sociedad, admirador del Real Madrid, del Barcelona y del Atlético de Madrid—, y no me siento por ello, ni mucho menos, un paleto. Antes que yo y con infinita mayor autoridad, amaron y pensaron este deporte algunas de las cabezas más brillantes del siglo. Albert Camus, premio Nobel de Literatura, novelista, dramaturgo y filósofo, fue antes que nada un prometedor portero del Racing Universitaire d’Alger (RUA), y dejó escrita una de las sentencias más hermosas que jamás se hayan dedicado a este deporte: "Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol".
No era una frase ingeniosa para deslumbrar a la galería —era una confesión meditada. Camus aprendió en aquella portería polvorienta de Argel, entre católicos y musulmanes que jugaban codo con codo en un mismo equipo, que la pelota "jamás viene por donde uno la espera" —lección de humildad y de anticipación que, según él mismo reconoció, le sirvió para toda la existencia—, y llegó a llamar al fútbol su "segunda universidad". En La caída escribiría que el estadio repleto un domingo y el teatro eran los únicos lugares del mundo donde se sentía inocente. Eduardo Galeano lo resumió luego con la belleza del poeta: en aquellos campos, Camus "aprendió a ganar sin sentirse Dios y a perder sin sentirse basura, sabidurías difíciles". Si el fútbol fue escuela de moral para uno de los grandes moralistas del siglo, hay muy poco que añadir.
Tengo, además, motivos íntimos para esta devoción. El hermano de mi abuela Carmen —aquella grandísima dama— fue René Petit, Renato Petit de Ory, una de las primeras megasestrellas del fútbol europeo: medio centro ofensivo, creador incansable de oportunidades, jugador total al que cronistas tan respetados como Pedro Escartín no dudaron en comparar, salvando las distancias del tiempo, con el mismísimo Di Stéfano, y al que no pocos expertos consideran uno de los padres del fútbol moderno en España. Petit jugó en el Real Madrid junto a un joven Santiago Bernabéu, brilló como ninguno en el legendario Real Unión de Irún —con el que conquistó varias Copas del Rey, alguna de ellas batiendo precisamente a su antiguo club— y fue internacional olímpico con Francia en Amberes 1920.
La institución global
No puedo, llegado a este punto, dejar de hacer un comentario sobre la FIFA —la Federación Internacional de Fútbol Asociación—, porque en mis treinta y siete años de profesión diplomática no he conocido institución internacional alguna más influyente, más poderosa y, al mismo tiempo, más arrogante y en demasiadas ocasiones más antipática por ese exceso de soberbia que sus jerarcas muestran y exhiben sin el más mínimo pudor ni rubor. Lo vi con mis propios ojos en el Mundial de Qatar: sus dirigentes entraban en los restaurantes como si fuesen los dueños del local, exigiendo mesa para sus jefes incluso en los reservados ya ocupados, que pretendían "examinar" con el desparpajo de quien se cree por encima del común de los mortales.
La FIFA es una institución global, de una influencia extraordinaria, que mueve montañas de dinero y de voluntades, y precisamente por ello tiene que aprender humildad —una humildad que vaya mucho más allá de los eslóganes buenistas que ponen en los brazaletes de los capitanes—. Porque el fútbol —y esta es la verdad que sus burócratas olvidan— no le pertenece a la FIFA. No les pertenece tampoco a los clubes, ni a las selecciones, ni siquiera a las estrellas que lo iluminan. El fútbol es universal, único, hermoso, y no admite propietarios. El fútbol es de la humanidad, incluso de quienes no les interesa.
Porque —y este es, en el fondo, el resumen de todo— el fútbol puede unir al mundo, sin la menor duda, más que la propia Organización de las Naciones Unidas (ONU), más que la diplomacia, más que la música o las matemáticas, e incluso más que esa solidaridad sombría que solo nace de las desgracias compartidas. Y puede hacerlo porque el fútbol es de la humanidad entera: de todo el que lo siente y lo disfruta, y hasta de quien no lo siente ni lo disfruta, porque sigue siendo el lenguaje común que desata pasiones, sí, pero que tiende puentes y crea conexiones allí donde la política solo levanta muros. Supera cualquier barrera imaginable y, más allá de las rivalidades sanas —que no siempre son tan "sanas" como nos gustaría—, existe una verdadera hermandad mundial del balón, una internacional del fútbol que no precisa de tratados ni de cumbres para funcionar.
Cinco dimensiones
Sin embargo, un análisis serio no puede quedarse en la pura emoción. El fútbol es también, aunque muchas veces se ignore, un fenómeno geopolítico y geoeconómico de primer orden que opera en al menos cinco dimensiones que conviene desgranar. En primer lugar, es una colosal maquinaria económica y financiera, generadora de riqueza y de empleo a una escala que muchas industrias tradicionales envidiarían. Segundo, es un motor capaz de sacar a comunidades enteras de la pobreza, y lo he comprobado personalmente: durante mi etapa como embajador de España en la India tuve ocasión de constatar la ejemplar y silenciosa labor de la Fundación del Real Madrid, que desde hace décadas viste, educa y alimenta a niños y niñas sumidos en la miseria más absoluta, devolviéndoles, junto con un balón, algo tan precioso como la dignidad y el porvenir.
Tercero, es asimismo un poderoso instrumento de mejora social y económica de territorios deprimidos. Cuarto, es un puente cultural sin parangón, capaz de poner a dialogar a civilizaciones que la geopolítica se empeña en enfrentar. Finalmente es en quinto lugar, un formidable instrumento de diplomacia del "soft power" —del poder blando—, esa capacidad de seducción e influencia que casi ningún otro recurso o capacidad de los estados proporciona. España le debe mucho al fútbol y a sus deportistas estrella (Rafa Nadal es un ejemplo global), cruzando una frontera minada entre Siria y Turquía en una oscura noche de invierno en 1985 y sin hablar una palabra de turco, mi hermano y yo pudimos pasar tras una charla distendida sentados al fuego con té sobre el Real Madrid y "Butra-güenou". El mítico Buitre nos salvó de pasar la noche, o más, en el deslavazado calabozo de una frontera perdida y en zona de guerra y seguro que ha sido protagonista de decenas de miles de anécdotas como esta.
La organización de los Mundiales proyecta una imagen de modernidad, de eficacia y de apertura que ninguna campaña de relaciones públicas podría lograr. El Mundial que estos días se disputa en Estados Unidos, México y Canadá; el centenario de 2030, que compartirán España, Portugal y Marruecos —y me llena de orgullo, como quien escribe estas líneas desde Rabat, esa apuesta euroafricana que tiende un puente sobre el Estrecho—; antes que acontecimientos deportivos, jugadas maestras de un ajedrez que se libra en la magia del terreno de juego. Que naciones enteras midan su prestigio internacional por el rendimiento de once jugadores sobre el terreno de juego no es una anécdota pintoresca, es geopolítica en estado puro.
Instrumento de cohesión y cortina de humo
Conviene, eso sí, no caer en el buenismo tan ingenuo como irresponsable. El balón —como la pelota de Camus— jamás viene por donde uno lo espera, y las mismas pasiones que hermanan pueden, mal conducidas, envenenar. El fútbol es capaz de ser instrumento de cohesión y bálsamo de pueblos, pero también coartada de tiranos y cortina de humo de regímenes execrables que buscan en un estadio el aplauso que les niegan sus pueblos oprimidos. El sportswashing —el lavado de imagen a golpe de balón— es una realidad que ningún analista honesto puede permitirse ignorar. Pero ni siquiera esa instrumentalización espuria logra arrebatarle al juego su brillantísima esencia.
Porque, al final, el fútbol seguirá siendo lo que Camus intuyó en aquella portería argelina: una escuela de moral, de coraje y de humildad; una de las poquísimas lenguas que toda la humanidad habla sin necesidad de aprenderla; y acaso la más eficaz embajada que jamás haya tenido la fraternidad entre los hombres. La diplomacia profesional —a la que he dedicado mi vida— haría bien en estudiarlo con menos displicencia y mucho más respeto. Porque si algo sé con certeza, después de tantos años viendo cómo se teje y se desteje la concordia entre las naciones, es que pocas cosas unen tanto, tan rápida y profundamente, como este deporte humilde en sus inicios, tan aparentemente sencillo como es en realidad sublime. El fútbol es arte, diálogo y un hermoso compendio de humanidad.
