La fotografía está tomada en el Salón del Prado , muy cerca de la Glorieta de Atocha, en los últimos días de junio de 1936, durante las fiestas de San Pedro y San Pablo . Aunque no podamos fecharla con exactitud, lo más probable es que fuera la noche del domingo 28, víspera de los santos. Madrid celebra una de sus primeras verbenas de verano . Las calles están colmadas de puestos de dulces y de almendras garrapiñadas. Para el calor, se ofrecen gorros de papel y tajadas de sandía. Hay un pespunte de farolillos y guirnaldas bajo la luna creciente. Unos y otros se divierten en la rueda giratoria, en los volatines y en el tubo de la risa. Se mezclan los sones lentos del chotis con los frenéticos del foxtrot. Abundan las barracas fotográficas, decorados efímeros en los que asomar la cabeza para ser inmortalizado transformado en Adán y Eva, pilotando un avión o como figura de un cuadro flamenco. Un grupo de amigos decide hacerse una fotografía tras salir del Café Lion. El grupo lo forman un crítico musical, dos pintores, un poeta, un torero, un director de teatro, un abogado y un estudiante de Minas. Una representación del espíritu de su tiempo, aunque es elocuente la ausencia de mujeres. Muchos de ellos habían formado parte del grupo de teatro universitario La Barraca : el figurinista y escenógrafo José Caballero, sus directores Eduardo Ugarte y Federico García Lorca, y Rafael Rodríguez Rapún, su secretario. Pese al clima de tensión política, tienen cosas que celebrar. El diestro Amorós se ha recuperado de la grave cogida que había sufrido en Zaragoza apenas un mes antes. Federico García Lorca ha terminado 'La casa de Bernarda Alba' , cuyo manuscrito ha firmado el viernes 19 de junio. En la imagen, Lorca acaricia la frente de Rafael Rodríguez Rapún . Es la última fotografía en la que aparecen juntos. No hay muchas más: un par tomadas en los jardines del Hotel Reina Cristina de Algeciras, algunas en los ensayos y viajes de La Barraca, otra en la calle Alcalá, y ésta última de la verbena. Rafael y Federico se conocieron en la primavera de 1933, cuando el primero, por entonces estudiante de Minas y de Derecho, es designado secretario del grupo en sustitución de Miguel Quijano. Pronto el vínculo entre Lorca y Rapún -apodado desde la adolescencia Tres Erres- se estrecha. Sólo ha sobrevivido una carta de Rafael dirigida a Federico durante la larga estancia del poeta en Buenos Aires en 1934: «Dejar de ver a una persona con la que has estado pasando, durante meses, todas las horas del día es muy fuerte para olvidarlo. Máxime si hacia esa persona se siente uno atraído tan poderosamente como yo hacia ti». Amantes, cómplices, camaradas de ideales y de anhelos, viven su relación como pueden, en las grietas de alegría que deja la clandestinidad. Cuando el dramaturgo es invitado a un congreso teatral en Italia, responde: «El congreso me invita a llevar a mi señora, pero como no la tengo, ¿podría llevar conmigo al secretario de La Barraca que es también mi secretario?». La relación llegó quizá a los límites que su tiempo imponía. En el feroz escrutinio público se producen numerosos desencuentros, pero la lealtad se mantiene firme. Tal es así que Lorca abandona La Barraca cuando Rapún, de convicciones socialistas, es expulsado por el Bloque Escolar de Oposición Revolucionaria, que pretende convertir al grupo en una filial marxista. En 1936 la relación sigue siendo intensa. Según el testimonio de Margarita Xirgu y de María, la hermana de Rafael, el poeta demora el viaje a México porque está esperando a que Rapún termine los exámenes. En los últimos meses aparecen otras personas, como el joven Juan Ramírez de Lucas, a quien también -quién sabe si por la negativa definitiva de RRR- Lorca le ofrece la posibilidad de acompañarlo a México. En cualquier caso, Rafael está presente en las lecturas de 'La casa de Bernarda Alba' y en muchas de las actividades del granadino antes de abandonar la ciudad. Aunque no hay consenso entre las distintas fuentes, todo indica que acompañó a Federico a la estación de Atocha aquel 13 de julio para su viaje a Granada. No había pasado ni un mes de aquella última fotografía, en la que Federico acaricia la frente de un sonriente Rafael: un gesto elocuente ahora y todavía más entonces; una muestra de amor resguardada en la «eternidad vulnerable de las fotografías». Nadie imaginaba la tormenta de odio que iba a estallar pocas semanas después. Lorca es asesinado por los sublevados ese mismo agosto. Un año después, Rafael, ya con el grado de teniente de artillería, combate en el Frente del Norte. Las tropas republicanas llevan días acorraladas al sur de Santander, diezmadas por la aviación fascista italiana. Una bomba cae cerca de su posición, Rafael no se echa al suelo y es alcanzando por la metralla . Aun exhausto, con el corazón poblado de fantasmas (el primero el de Federico), luchó hasta el final por sus ideales democráticos y por el deseo de regresar junto a su familia. Fue trasladado muy grave al Hospital de Sangre nº4 en Santander donde falleció el 18 de agosto de 1937, noche arriba, noche abajo, justo un año después que su compañero. Esa última fotografía se ha convertido en un momento único en 'La bola negra' . Nos queda un último testimonio, quizá el más preciado y hondo, los 'Sonetos del amor oscuro ', «prodigio de pasión, de entusiasmo, de felicidad, de tormento, puro y ardiente monumento al amor», en palabras de Vicente Aleixandre. Pero sigue durmiendo, vida mía. ¡Oye mi sangre rota en los violines! ¡Mira que nos acechan todavía!