Cuando Isaac Asimov ofreció a la humanidad las tres leyes que salvarían a la especie de la insurrección de la robótica, en aquel mundo todavía se respetaban las leyes. Era una gran idea. Pero los tiempos han cambiado. Nos hemos perdido en el mar de la IA, vivimos en una realidad líquida. Ahora, la orden para no dañar a los humanos se ha limitado a las normas ISO 10218, la TS 15066 o la 13482, que fijan límites de fuerza, velocidad y distancia para robots colaborativos. Y los modelos de IA no computan el concepto de obediencia, que podría verse como una vulnerabilidad del sistema. Los agentes autónomos parten de unas 'constituciones' y un entrenamiento en el que emergen paradojas, sesgos, errores de contexto que, por así decir, están fuera del control de una regla interna. Pobre Asimov. Hoy esas 'constituciones' son documentos vivos que establecen unas 'políticas de escalado responsable' que se adaptan cada día para corregir errores y peligros, como esos que llevamos oyendo desde hace algunos meses sobre la extinción del género humano a manos de las máquinas. Sus armas van más allá del daño físico, lo cual resulta mucho más inquietante: desinformación, ataques a suministros, energía, sistemas públicos, sanidad... Quizá la rebelión de las máquinas es nuestro innovativo desorden. En los relatos de ficción hay una coherencia interna inexpugnable, que refleja una crítica del presente en el que se escribió. Hoy entramos en aquel viejo futuro, y nos abruman nuestro caos y nuestra entropía.