Editorial: Un riesgo desatendido
El deslizamiento Banderillas, en Llano Grande de Cartago, está en espera de un sismo, una erupción del volcán Irazú o un invierno especialmente crudo para desencadenar una avalancha sobre 2.000 viviendas construidas con imprudencia en las márgenes del río Reventado. La amenaza se extiende al acueducto por donde fluye, desde Orosi, el agua consumida por la mitad de la población de San José, Cartago y Oreamuno.
Una avalancha en la zona también podría afectar el oleoducto entre Moín y el plantel de la Refinadora Costarricense de Petróleo (Recope) en Ochomogo, además de varias líneas de alta tensión del Instituto Costarricense de Electricidad (ICE). En la región hay desastres documentados desde el siglo XIX y el más reciente, en diciembre de 1963, permanece en la memoria.
La Municipalidad de Cartago invirtió ¢200 millones para evaluar el peligro presente. Ojalá el estudio dé pie a nuevas medidas de prevención porque, en la actualidad, solo hay tres y ninguna elimina el riesgo. El deslizamiento es objeto de vigilancia constante y la actividad de conservación en la parte alta de la cuenca, donde están el Parque Nacional Volcán Irazú y el bosque Prusia, contribuyen a estabilizar el terreno.
Por último, dos concesionarias extraen materiales para la industria de la construcción. Así despejan el cauce del río y, al mismo tiempo, están al tanto de cualquier cambio en el terreno para informar a la Comisión Nacional de Emergencias (CNE). Tan precario es el equilibrio que Lidier Esquivel, geólogo y jefe de la Unidad de Análisis del Riesgo de la CNE, se preocupó el año pasado cuando a una de las concesionarias se le canceló el permiso de extracción y en solo tres meses la acumulación de rocas alcanzó, en algunos sectores, hasta diez metros de alto.
Pero Mario Redondo, alcalde de Cartago, subrayó la insuficiencia de esas medidas cuando llamó a tomar conciencia de la situación y emprender una labor conjunta de las entidades gubernamentales llamadas a atender los riesgos. Efraín Zeledón, viceministro de Infraestructura del Ministerio de Obras Públicas y Transportes, manifestó voluntad de colaborar, a sabiendas de que los fenómenos naturales son impredecibles.
Ese es el punto: como los caprichos de la naturaleza son imposibles de predecir, la prudencia exige actuar con celeridad a fin de limitar el impacto cuando se manifiestan, sobre todo, en sitios donde las condiciones del terreno anuncian una catástrofe de grandes proporciones, con consecuencias para miles de personas. El deslizamiento conocido como Banderillas es una realidad innegable y los fenómenos capaces de desencadenar su poder destructivo ocurren con frecuencia, algunos de ellos todos los años, aunque, afortunadamente, no con la intensidad suficiente.
Pero las previsiones requeridas brillan por su ausencia. Después de la avalancha de 1963, el gobierno de Estados Unidos colaboró para construir diques o muros de contención a orillas del río Reventado y, en los 60 años transcurridos desde entonces, las estructuras no han sido objeto de revisión ni mucho menos de mantenimiento.
Por el contrario, los diques fueron invadidos por precarios y varias comunidades crecen en sus alrededores. Esa es la población sometida a mayor riesgo, pero el impacto de un siniestro sobre la infraestructura desarrollada en la zona podría magnificar la tragedia. El estudio promovido por la Municipalidad de Cartago es una advertencia para la región y para el país en su totalidad. Ojalá sea escuchada. La geología y la historia ofrecen sólidas razones para actuar a tiempo.

