En defensa de perder el tiempo de peluquería en peluquería
María Jiménez fue rubia hasta el día en que murió. Como si toda la luz que habían tratado de arrebatarle brotase irremediablemente en lo más alto de su cuerpo. Una a veces no tiene más remedio que imponerse cuando el mundo quiere verte calladita y discreta. Así lo hizo también Ana Orantes, quien fue a la peluquería a teñirse el cabello en cuanto se separó del que había sido su maltratador durante cuarenta años. “Decía que las rubias eran unas putas”, recuerda siempre su hija Raquel, quien luce el mismo rubio que su madre, como un recordatorio de la mujer que Ana Orantes quiso ser y no de la mujer que le dijeron que tenía que ser. “Para ella, escaparse a una peluquería era un acto de rebeldía y una forma de reivindicar esa libertad que él le había anulado”, cuenta Raquel Orantes.
Para el exvicepresidente Alfonso Guerra, sin embargo, las peluquerías son lugares donde se pierde el tiempo, a tenor del reproche que le ha hecho a la líder de Sumar, Yolanda Díaz. No es casual que la mirada masculina haya puesto tanto empeño en separar lo superficial de lo profundo cuando estas dos cuestiones no existen de forma disociada en el mundo material. Diseñar un sistema excluyente entre lo ético y lo estético beneficia a los hombres, que históricamente se han arrogado la hondura y la complejidad —representado por lo ético—, dejándonos el trocito de pastel más pequeño: lo estético, asociado a lo simple y trivial.
El vínculo entre belleza y política se pone de manifiesto cuando una observa el espacio de socialización y resistencia que puede ser una peluquería. Que se lo digan a Teresa Sarmiento, quien fue desahuciada del edificio de Lavapiés en el que vivía desde hacía tres décadas. Los servicios sociales le consiguieron un piso tutelado en Torrejón, donde no tiene red porque el sustento emocional, tan importante como tener un techo o un plato de lentejas, no es algo que aparezca de forma espontánea, con un chasquido de dedos. Por eso vuelve casi cada semana a ver a las chicas de Corta Cabeza, la peluquería de la calle en la que vivía.
Allí supieron de su situación precaria y de todo el proceso de desahucio. Le dieron a Teresa sus teléfonos por si necesitaba algo y formaron parte de las protestas organizadas para paralizar el desalojo forzado. Y sí, también le cortaban el pelito y le arreglaban las patillas, que crecían más rápido que el resto del cabello. Lo siguen haciendo, claro, y ella a cambio les lleva algún cafelito o alguna empanada chilena. Claudicar ante la asunción de la belleza como mera frivolidad es borrar la historia emocional que se cocina en todos estos espacios. Lo explica perfectamente mi amigo Saúl cuando me dice: “Mi madre, antes de ir a la quimio, nos pedía ir a la peluquería para verse guapa y con fuerza”.
“Para mi madre el pelo era sagrado. Cuando la pobre no tenía medios económicos le echaba el tinte yo. Si se pasaba de clarito, había follón en casa. Por eso cuando se separó, empezó a ponerse cada vez más y más rubia, que es como fue a Canal Sur. Rubia y valiente”, dice Raquel Orantes, quien recuerda que “le encantaba que le tocaran la cabecita”. Nada como un rato de cuidados para quien se pasa la vida deslomándose para cuidar a otros.
Estar en manos de una peluquera o de una esteticién a menudo puede resultar tan fundamental como estar en manos de un médico o una enfermera. Son la puerta a las confesiones, a los trapos sucios que —dicen— se lavan en casa y a las heridas que están por sanar. También a las alegrías. En las peluquerías una llora hipando, se ríe cacareando y puede llegar a entablar unos lazos preciosos con quien le aconseja cómo verse más guapa cuando es ya vieja, está enferma o simplemente pasa una mala racha.
A las mujeres se nos acusa de seguir rituales absurdos e innecesarios cuando el ritual verdaderamente preocupante parece ser el de la masculinidad. Gritar “lololo” en el fútbol genera cohesión, mientras que acompañar a tu amiga a hacerse las uñas o a hacerse un flequillo cortina es una vacuidad.
No en vano, dos científicas pusieron en marcha el proyecto de investigación Beauty Salon Project, donde analizan el impacto que tienen las trabajadores de salones de belleza en la vida emocional de sus clientas. Eso les llevó a divulgar sobre la importancia de estas trabajadoras como agentes de prevención de la violencia de género a la hora de detectar y acompañar a posibles víctimas.
Por eso, las risitas cuando las peluquerías se consideraron servicios esenciales en plena pandemia de covid denotaban la ignorancia sobre la realidad de muchas personas. Por ejemplo, la de las ancianas que no pueden valerse por sí mismas, no pudiendo siquiera lavarse la cabeza, o la de las que pasan sus días con una soledad despiadada. Es el sitio donde las peluqueras se saben sus nombres, les preguntan por su día, saben si han empeorado de la tensión o de la cadera, y se van arregladitas para la semana.
Hablamos de peluquerías, pero todo esto es aplicable a tiendas de barrio donde hacen arreglos de ropa, mercerías donde ir a comprarse unos panties, el mercadillo de los miércoles donde hay verdaderos chollos, el sitio de las uñas y, en definitiva, cualquier espacio que se parezca más a una fiesta de pijamas —o a la reunión de señoras al fresco en una noche de verano— que al Imperio Romano. Lejos de pensar en las peluquerías —y universos femeninos en general— como distracciones, pensémoslas como refugios.
